Poco tiempo después de mi llegada a NuevaYork como corresponsal y tras la emoción inicial de quien aterriza enterritorio desconocido con una misión que cumplir como periodista, me di cuentade algo disonante en la ciudad. No sabía lo que era, pero algo en aquellaciudad brillante, preñada de rascacielos, de calles abarrotadas de gente,coches y carteles luminosos... había algo extraño que me llevó un tiempodescubrir. La pobreza.
La Nueva York que nos enseñan las películas,los anuncios, las series televisivas donde todo encaja, donde casi todo tieneun sentido, donde lo que predomina son las risas, el compañerismo, los “cocktails”de mil sabores y la ambición de llegar a lo más alto en “la ciudad de lasciudades”, de ganar más dinero, de tener más y más, donde el consumismo seinyecta en las venas de modo que hay que hacer un verdadero esfuerzo paraescapar de éste. Sí, esa Nueva York tiene también una cara amarga, triste ydesprovista de todo lo anteriormente citado.
Los indigentes. Los sin techo. Losque no tienen nada. Ni dinero para pagarse una mísera hamburguesa de una lastantas cadenas de comida rápida que abarrotan la ciudad. Ellos también sonNueva York.
Los indigentes no viven debajo de los puentesdonde no los ve nadie. Ni se refugian en barrios “clásicamente” (supongo que ellector entenderá el entrecomillado) paupérrimos como algunas zonas de Brooklyn,Bronx o Queens. Eso es una falacia. Los indigentes están a la vista de todos.De todos.
Desde los personajes que se jactan y pavonean de trabajar en WallStreet hasta las personas que trabajan para las grandes marcas de ropa,cosméticos o cualquier firma que relampaguea en los televisores o los anuncioscallejeros. Pasando lógicamente por todos aquellos seres mundanos y anónimoscomo yo (cuando vivía allí) que trabajamos duramente para ganar el pan del día.
Calcuta y Nueva York tienen mucho en común.Muchísimo más de lo que pudiera parecer. La diferencia, diría yo, es que NuevaYork tiene muchas alfombras rojas donde “esconder” cuando interesa a todas esaspersonas sin hogar, techo ni comida que Calcuta no tiene. Calcuta, desde mipunto de vista y desde mi experiencia, es una ciudad donde las castas socialesestán claramente marcadas. Naces pobre, mueres pobre. Naces en una casta bienacogida y tendrás, posiblemente cierto futuro y, posiblemente, no en Calcuta.
Para eso puede servir el dinero: para escapar de la pobreza. Mientras Calcuta ysus habitantes aceptan esta realidad, los neoyorquinos la maquillan. Porque lapobreza ofrece mala imagen y Nueva York no puede permitirse eso. El turismomasivo que recibe la ciudad es un ingreso del que no puede prescindir la ciudad.De este modo dejaría de ser Nueva York para convertirse en una ciudadcualquiera. Y Nueva York y sus habitantes no quieren ser ni parecer personajesde una ciudad cualquiera.
Cuando fui realmente consciente de estarealidad fui ahondando un poco más en este tema. Y entonces me di cuenta de quehay más indigentes en Nueva York que aquellos que piden dinero o comida en lascalles donde no pasan desapercibidos aunque la gente los ignore, que searrastran por las calles o que duermen debajo de cartones que van recogiendopor doquier en buscan de la próxima esquina donde poder dormir esa noche;cualquier noche. Todas las noches.
Hay más indigentes en Nueva York que aquellosque viven y duermen en las calles y, si tienen suerte, llenan sus estómagosvacíos de algo que encuentran en la basura que otros han desperdiciado. Muchaspersonas que trabajan en Nueva York, llegados de otras partes del país oinmigrantes que tratan de salir adelante en trabajos donde se exige altorendimiento a bajo coste, personas que se visten cada día, se duchan cada día ycomen lo que el tiempo de sus trabajos les permite también son indigentes.
Sonindigentes porque más del 60% de su sueldo va destinado a unos alquileresdesproporcionados, que les obligan a compartir piso con otras personas porqueno pueden, ni de lejos, pagarse un apartamento.
Y no estoy hablando deveinteañeros recién salidos de la Universidad (si el dinero de sus familias lesha dado la oportunidad para ello). No. Hablo de adultos pasados los 30 que ensu “locura neoyorquina” apuestan por el mal vivir en habitaciones de 30 metroscuadrados donde el alquiler asciende a 800 euros a cambio de un trabajo en LaGran Manzana.
Ése es el alto precio que hay que sacrificar por vivir en laciudad de los rascacielos. Por no hablar de tener que comer, vestir, disfrutarde alguna salida frugal con los amigos o poder permitirse un “brunch” una vezal mes, si les alcanza el sueldo.
No todo es brillantina en Nueva York. Haymucho fango que pisar día a día para lidiar con la adversidad con la cual laciudad se despierta día a día. Y, sin miramientos, Nueva York te enseña sufiereza diaria más allá de los 10 días de rigor que suelen pasan los turistasque la visitan. Ellos no tiene la posibilidad de ver y convivir con esta realidadporque para eso han pagado sus vacaciones: para disfrutar de las bondades quetambién, lógicamente oferta la ciudad.
Este escrito está dedicado a todosaquellos que luchan cada día, a su manera, para vivir o al menos sobrevivir enNueva York. A todos esos valientes que recalaron en Nueva York en busca de unfuturo mejor y se han tenido que enfrentar a la dureza de la Gran Manzana.