La que durante años fue niña bonita de la ciudad a la que nadie osaba criticar y cuestionar, se ha convertido en una señorona enjoyada del barrio de Salamanca, impertinente, caprichosa y falta de la filantropía necesaria para conectar con su núcleo geográfico y sus ciudadanos. Uno que procede de la Universidad Autónoma de Barcelona, un lujo de campus universitario, y que también ha pisado las aulas de la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Santander (UIMP), ve con cierta decepción como la UJI no está cumpliendo con su cometido de ser el epicentro cultural de referencia para Castellón. Escaso es el número de docentes que participan en actividades culturales y sociales de la capital de la provincia; nula es la presencia de los estudiantes de la universidad en foros, eventos y acciones de erudición y sabiduría más allá de Riu Sec (tampoco es que lo hagan mucho dentro de los muros de las facultades).
Será verdad a estas alturas que se puso Jaume I para no poner Castellón. Una institución que habla de su visión tan estrecha que, pese a venerar y mamonear al Botànic, es la universidad pública de la Comunidad Valenciana que menos dinero recibirá del Consell en sus presupuestos generales del 2023. Incluso, su rectora, Eva Alcón, con recios apellidos de la ‘soca’ castellonense, parece que huye de sus raíces vinculadas a la emblemática Farola de la plaza de la Independencia, por no referirme a un talante arrogante y de superioridad académica.
Para más inri, alguien que se sale del guión establecido, como el portavoz de Ciudadanos en el Ayuntamiento, Vicente Vidal, que se negó a aprobar una moción para pedir más dinero a la universidad porque solo estaba redactada en valenciano, una acción de sentido común ya que dos son las lenguas oficiales, es machacado por medios afines que ahora envuelven su papel en valenciano para recibir más subvenciones. El latinajo ‘universitas’, que significa universalidad (de formación y cultura) no se hace patente en el templo del saber que queríamos para Castellón.