Supongoque, al leer este título, mucha gente habrá pensado en LucreciaBorgia, la que llevaba, según se cuenta, un anillo con venenosiempre preparado para ser usado.
Perono es de ese de la que voy a hablar, sino de otra Lucrecia que, apesar de que también sale en la Wikipedia -lo he comprobado- no estan recordada como se debería. Una mujer víctima del veneno que haygente que lleva no en el anillo sino en sus mentes y en sus almas. Elveneno del racismo.
LucreciaPérez fue asesinada en Aravaca (Madrid) en 1992. Hace apenas unosdías que hemos conmemorado el aniversario. El suyo fue el primercrimen racista considerado como tal en España. Lucrecia sería a loscrímenes de odio algo así como Ana Orantes a la violencia degénero.
Lucreciaera mujer, inmigrante, negra y pobre. Un cóctel perfecto paraconvertirse en víctima de una pandilla de salvajes que tenían porsanto y seña el odio contra todo lo que fuera diferente. Y seemplearon a fondo. Lucrecia Pérez dejó en aquella discotecaabandonada donde se refugiaba los sueños y esperanzas de una vidamejor que le llevaron a dejar su tierra sin más patrimonio que suvida.
Losculpables fueron juzgados y condenados, como debe ser. Pero aquí noacabó todo. El sentimiento persistía, más o menos agazapado, enotros muchos salvajes como los que acabaron con Lucrecia y, lo que escasi peor, en otras personas que no parecen tan salvajes y que nuncacometerían un delito de sangre.
Correndías difíciles. El odio que permanecía agazapado ha encontrado unavía para salir a la luz y hoy podemos verlo en muchos sitios. Porqueese desprecio a los inmigrantes, ese empeño en equipararlos adelincuentes, esa intención de expulsarlos de nuestras fronteras yde nuestras vidas no es otra cosa que una muestra de odio. De eseodio que mató a Lucrecia y a quienes vinieron después.
Loscrímenes de odio no solo se cometen con pistolas, cuchillos ynavajas. Y no solo los cometen quienes empuñan las armas. Se cometencada vez que alguien escupe su veneno en redes, en discursos o entertulias de café. Aunque no siempre tengan encaje en el CódigoPenal, ese veneno es mucho más peligroso que el del anillo deLucrecia Borgia.
Pensémoslola próxima vez que oigamos o leamos un chiste racista, xenófobo odiscriminatorio de cualquier otro modo. Pensémoslo cuando no digamosnada, o hasta nos riamos por no quedar mal. No olvidemos nunca que nocondenar el odio lo alimenta. El silencio es cómplice.
SUSANA GISBERT
(TWITTER @gisb_sus)