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Y es que a pesar de que una sea un poco inocentona, hay realidades a las que no puede cerrar los ojos. Y, aunque se empeñe en mantenerlos cerrados, siempre hay un alma caritativa que se los abre aunque sea de golpe.
Y eso es precisamente lo que me decía una amiga el otro día. Que el mundo se está llenando de mediocres, que parce preferirse a quien calla que a quien grita, a quien se conforma que a quien se rebela, a quien permanece quieto que a quien se mueve, a quien cede que a quien se resiste. Que llega más lejos el discreto y opaco que el brillante, el pasivo que el activo, el que se resigna que el que se pelea. En eso consiste esa cháchara de perfiles bajos que parecen buscarse cada vez más.
Y ante esto, yo no sé qué hacer con la idealista que hay en mi interior, con los modelos que han guiado mis pasos y a los que me gustaría llegar, aunque fuera a la suela del zapato. ¿Resetearme y entrar en el círculo del conformismo? ¿Traicionarme a mí misma y meterme en el cuerpo de otro? ¿O seguir hacia adelante, como si nada de esto hubiera oído?
Me cuesta reconocerlo, pero miro a mi alrededor y veo que mi amiga tenía razón, que en muchos sitios se ha impuesto colocar a aquel que no es molesto, al que no dará problemas en perjuicio del que quiera intentar cambiar las cosas que no van bien. Y no me gusta. Así que me temo que ha vuelto a ganar la idealista que llevo dentro, y eso sí, habré de recibir los bofetones de la mejor manera que sea capaz de encajarlos. Es difícil cambiar, sobre todo cuando no se tienen ganas.
Pero como soy optimista, aun conservo la esperanza de que los buenos acaben ganando, como en aquellas series de mi infancia. Así que mejor no resignarse y, como me decía otro amigo, hacer lo que decía Camilo José Cela. “El que resiste, gana”. Y cuando le preguntaron el qué, respondió “todo, todo”. Pues eso, a resistir, que no es poco. Que la resignación y la pasividad son unos tristes compañeros de viaje. Y, si alguna vez llego más lejos, que mi mérito no sea tener uno de esos perfiles bajos.