Tras elaguacero, un sol crepuscular asomaba en un cielo de acuarelas amoratadas y plomizas.Olía a tierra mojada y la animación volvía a ser constante en el paseo AntonioMachado de los Jardines del Real. Avanzando entre la multitud, el paseanteanónimo intenta ojear las novedades ofuscado por la marea de libros cuando depronto descubre un puesto sin concurrencia. Entre las publicaciones expuestas observauna que le llama la atención. Parece un ejemplar suelto a la venta, un estudiode historia del arte sobre arquitectura barroca valenciana que podía enriquecersu colección. No era un best seller ni mucho menos, pero tampocoincompatible. O no debiera. No se lo pensó dos veces y lo compró.
Varios siglos de literatura y unbuen número de trabajos sobre el patrimonio artístico valenciano imponen unaciudad imaginaria entrelazada con la real, como si el lector contemplara elpasado dentro de un inconcebible túnel del tiempo. Decía Garín Ortiz de Tarancoque Valencia que por coincidencias históricas se había constituido como unaciudad gótica, halló en el barroco su lenguaje plástico predilecto.
Pero podríaañadirse que también encontró su estilo, el que mejor encajaba con su vitalidady su forma de entender la vida. Y ese sustrato ha ido extendiéndose en eltiempo como una mancha de aceite hasta llegar a nuestros días en un espíritu herederode la exageración y el arrebato, el espectáculo y el artificio, a veces rayandoen el esperpento valleinclanesco.
Escribía Sanchis Guarner en Laciutat de València que “El contrast entre l´esplendor diví i la misèria dela condició humana, és una de les bases del pensament barroc”, una sensibilidadnacida en Europa procedente de la crisis del siglo XVII que ocultaba la miseriacon una ostentación y un dramatismo tales que arrastraban al exaltado atraspasar los límites de la mesura.
Véase la falta de cordura de Ximo la Bola,el personaje creado por Josep Lozano en El mut de la campana paracomprender el nefasto alcance del paroxismo barroco en la conducta humana. La Valenciade los trescientos campanarios a la que aludía Víctor Hugo, la ciudadconventual, tuvo en el barroco una inequívoca identidad en torres, cúpulasazules, portadas de piedra y una ampulosa decoración interior.
Así, elpaseante, emulando al robinson urbano de Muñoz Molina, comprueba cómo lascalles se vuelven espejos que nos devuelven el reverso de imágenes pretéritas aunquesolo visibles para aquel tipo de flâneur acostumbrado a bucear en lahistoria entre cartelas de pilastras, alegorías de virtudes y guirnaldas deflores alrededor de motivos eucarísticos, concentrado todo en un universo quefagocita al espectador a las alturas. Motivos reiterados en tantas iglesiasvalencianas, como también en los trasagrarios, esos reducidos recintos dealgunos templos situados detrás del altar mayor. Santa María del Grao posee unainteresante como desconocida muestra de esta especie de capilla que comparte laexuberancia con la severidad neoclásica del resto de la fábrica.
Una alusiónparalela vuela a otra estancia similar, la de Nuestra Señora de Campanar, cuyaspinturas al fresco, para desconocimiento de muchos, se atribuyen a Dionís Vidal,el pintor atrapado en el umbral de la invisibilidad del que nadie hablaba porestar eclipsado durante siglos por su maestro Antonio Palomino y ahorareconocido tras la restauración de San Nicolás.
El mismo juego de espejos traslada al paseante a la capilla de SantaBárbara de San Juan del Hospital, una isla de fascinación barroca en un mundomedieval, donde el esgrafiado alterna con plafones de formas vegetales ycartelas en el friso, un escenario que entre inciensos y brillos de capasdoradas en la misa cantada aburrían al pequeño Ulises Ferragut, aquel héroe quedio vida Blasco Ibáñez en Mare Nostrum.
Sin embargo, Valencia no es Zora, laciudad invisible de Italo Calvino que no se borra de la mente, en cuya retículacada uno puede disponer de constelaciones de lo que fue su discurso. Tal vezpor la facultad de ser recordada, Zora languideció, se deshizo y desapareció.No es el caso de Valencia, cuyas credenciales del pasado se olvidan confrecuencia hasta ser irreconocibles. El paseante lo sabe y tras sumergirse enlos vestigios de otro tiempo, se enfrenta a una ciudad cuyos fragmentos nofueron protegidos, pues sus derrumbes fueron sustituidos por otra Valencia usurpadorae incoherente.
A primeras horas de la mañanaflota en el ambiente una fragancia de azahar procedente de los naranjos delantiguo Hospital. El paseante se abre camino en un campo arqueológico decolumnas y restos pétreos laminados a comienzos de los sesenta ante una ciudadaníaimpasible. Sus pasos se dirigen hacia loque antaño fue altar mayor de un recinto sagrado bajo la decoración del ordencompuesto de sus pilastras. Tiene lamisma sensación al caminar junto al inexistente Convento de Belén habitado porreligiosas dominicas y antaño situado frente a los vestigios de este viejoHospital.
Eleva su mirada e imagina estar a cubierto por la planta de cruzlatina de revoques de hojas de acanto. Entra en el vestíbulo del actual bloquede viviendas y cree estar en el silencio del jardín del claustro rodeado de doscuerpos de arcos de medio punto y pilastras toscanas. La vida y las historiasde este cenobio desaparecieron para el mundo real con su demolición a comienzosde la Guerra Civil.
De esta manera, el viajero cree que la ciudad se destruye a sí mismamediante el arma mortífera de la especulación como estandarte de laindiferencia y la ignorancia. Las mismas actitudes que en las guerras, en lasdecisiones políticas, como la desamortización de Mendizábal del XIX y por supuestoen el fuego de la agitación social de 1936.
Todo un vendaval iconoclasta que nosupo contemplar la obra de arte de manera objetiva, en su justa maneraestética, lejos de la interpretación subjetiva y emocional que tanto daño ydramatismo aportó al patrimonio valenciano. Durante aquellos días, el humo detantos incendios ascendió a los cielos como si manara de un gran hornoprovocando una neblina de horror en una exhibición de atrocidades.
El paseante decide volver al jardín del viejo Hospital buscando un doselde olivos y jacarandas junto a una senda de columnas segadas. Algunas mariposaszigzaguean silenciosas encima de los setos. Aturdido, sentado en un murete depiedra, el paseante pensaba inevitablemente en Ian Sinclair cuando escribió en Laciudad de las desapariciones: “Pero cuando se apaga el ruido, nos quedamoscon un diccionario geográfico de episodios borrados, y cada desaparición estárepresentada por un objeto o una imagen al azar: un gabinete de curiosidades.”
Para los amantes de los libros, Valencia es un libro, o muchos. Así, elpaseante vaga a través de una ciudad entre voces procedentes del pasado quehablan simultáneamente, todo un mundo conectado con algo o alguien que está enotro lugar, sueña la ciudad que fue al mismo tiempo que camina por ella, comoescribe Muñoz Molina en Un andar solitario entre la gente: “Y se dacuenta de que no está caminando por la realidad sino en el interior de unsueño.”