Una de las cosas que más meenervan del mundo es esa frase con la que alguien nos obsequia de vez encuando: no te cuesta nada. No te cuesta nada acercar a alguien a casa, aunquetengas que desviarte varios kilómetros; no te cuesta nada recoger un paquete,aunque pensaras quedarte en casa haciendo cualquier otra cosa; no te cuestanada echar un vistazo a estos papeles, aunque tengas trabajo hasta las cejas;no te cuesta nada esperar a que llegue alguien aunque tengas el tiempo medidoal milímetro; no te cuesta nada regar las plantas del vecino, ponerle comida algato, hacer un encargo, realizar una llamada, comprar un regalo o cualquierotra cosa.
Insisto. Lo odio. No me importa hacer favores,ayudar a los demás. Incluso puede gustarme, dependiendo del contenido delencargo y de la relación con el encargante o el beneficiado. Pero de ahí a queno me cuesta nada hay un mundo. Y quizá haya que pensar sobre ello.
Las cosasnunca se deben dar por supuestas. Es de bien nacido ser agradecido o, comoatribuía a su abuelo una amiga mía, haces mil y no has hecho ninguna, no hacesuna y nunca hiciste nada. Tal como suena. Como aquel chiste de Eugenio en queel niño, ya en la treintena, que creían que era mudo, habló por primera vezpara quejarse de la comida, arguyendo que hasta entonces nunca habló porquetodo era correcto. Un chascarrillo que encierra parte del comportamientohumano.
Gracias. Esosi que cuesta poco. Una palabra que dice mucho y sirve más. Desde hace tiempoacostumbro a agradecer a mis compañeros el trabajo bien hecho, por ejemplo, envez de quejarme solo cuando no lo está. Ya sé que la noticia es que el hombremuerda al perro, y no al revés, pero quizá habría que dar una repensada a lacuestión.
Así que desdeaquí invito a todo el mundo a pensarlo antes de decir que algo no cuesta nada.Y si se pide, hacerlo haciendo constar que sabemos que es un esfuerzo. Y noolvidarnos de agradecer las cosas. Aunque se den por supuestas. Que todostenemos nuestro corazoncito.
Reconozco quesiempre me fastidió la parábola del hijo pródigo. Y sus hijas literarias ocinematográficas, desde Al Este del Edén a Leyendas de Pasión, por poner algúnejemplo, con guapos oficiales incluídos. Siempre me tocó las narices tantafiesta al díscolo por su vuelta al redil y la ignorancia al que siemprepermaneció en él. Pero igual son cosas mías. O no.
No obstante,no olvidemos reconocer el esfuerzo, el trabajo bien hecho, la dedicación, elcariño o lo que quiera que nos regalen. Aunque nos hayamos acostumbrado a ello.Eso sí que cuesta poco.
Y no soloporque una palabra amable, un reconocimiento o un simple gracias gustan a quienlos recibe. Por mucho más. El que se ve reconocido o agradecido recibe un chutede energía extra que le ayudará a seguir haciendo esas cosas buenas, sean lasque sean. Cosas que, por pequeñas que parezcan, contribuyen a un mundo mejor.
Que, vistocomo anda el mundo, cualquier contribución a mejorarla es buena. Por pequeñaque sea. O que lo parezca. ¿O no?