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El aeropuerto Nino Bravo

Héctor González

No suena mal y resultaría un justo reconocimiento a la figura de uno de los valencianos más universales. La lanzó Salvador Ortells, un erudito, incondicional, admirador (podría escribir un párrafo entero con el listado de adjetivos que proliferan en mi mente después de escuchar percibir su devoción absoluta) de la persona de Luis Manuel Ferri y de la figura en la que se transformó con el nombre artístico de Nino Bravo.

A la lógica de homenajear y destacar la valía y la dimensión mundial del cantante de Noelia, Un beso y una flor o América, entre otras letras que generaciones de autóctonos y foráneos han entonado y lo siguen haciendo con la máxima pasión, se suma la aplicada en otros lugares de singularizar su aeropuerto. Ejemplificó esto último con el de Liverpool, bautizado John Lennon como igualmente tributo a su cantante más afamado.

Realmente, uno de los nexos de unión más poderosos que existe lo constituye la música. Enlaza y suma por encima de cualquier otra diferencia. Por delante incluso del fútbol, que ya es decir. Y Cristiano Ronaldo consiguió, en plenitud de facultades atléticas, que su Madeira natal rotulara con los dos nombres propios del jugador portugués el aeropuerto internacional de la capital de la isla, de Funchal.

¿Por qué el aeropuerto de Manises no puede dejar de llamarse de Valencia a secas y añadirle, por delante, las palabras Nino Bravo? La idea la ha planteado oralmente -y se ha comprometido a trasladarla por escrito- Salvador Ortells. Lo hizo delante de la hija de Luis Manuel Ferri y del que sería su nieto si el mítico cantante de Aielo de Malferit viviera.

Por cierto, la única descendiente directa de Bravo -apellido artístico que se fraguó por el aplauso ante una acción de valentía de Luis Manuel al intentar evitar una agresión a una tercera persona-, anunció, en este mismo acto, que el proyecto de museo en memoria del valenciano universal abrirá sus puertas a medio plazo en un espacio emblemático de la metrópoli.

Esperemos que no se prolongue. Y que tampoco se alargue -miedo da si sigue los pasos de dilación de la reforma de la plaza del Ayuntamiento- más una secuencia de reconocimientos al icónico cantante que pasaría (también a propuesta de su racionalmente encandilado fan Salvador Ortells) por instaurar un busto suyo cerca del edificio consistorial y por otorgarle su nombre al aeródromo. Realmente, además suena bien lo de aeropuerto de Valencia Nino Bravo.

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Héctor González
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