Nota editorial: Este artículo combina hechos documentados, análisis político y opinión. Las causas judiciales mencionadas deben entenderse siempre bajo la presunción de inocencia y a la espera de resolución firme.
En política, la memoria no es un lujo: es una herramienta democrática. España ya vivió en los años noventa una operación de desgaste contra un presidente socialista que había ganado elecciones y que, pese al desgaste propio de años de gobierno, seguía representando un proyecto político mayoritario. Aquel episodio pasó a la historia periodística como la Ansonada.
El nombre procede de Luis María Anson, exdirector de ABC. En 1998, la revista Tiempo publicó una entrevista en la que Anson relataba cómo un grupo de periodistas se organizó para elevar la presión contra Felipe González e impedir que siguiera gobernando. La propia revista recordaría después que, al publicarse aquel número alrededor del 23-F, la exclusiva fue conocida como la Ansonada.
Lo más grave no fue la crítica política, que es legítima y necesaria en democracia. Lo grave fue la confesión del método. Anson reconoció que para terminar con González se había llegado al límite y que se rozó la estabilidad del Estado. También habló de una operación de acoso y derribo, y admitió que determinados medios atizaron conflictos y presionaron el ambiente judicial para favorecer la erosión del Gobierno socialista.
Ese es el punto central: no hablamos de oposición democrática, ni de prensa libre, ni de investigación rigurosa. Hablamos de una frontera peligrosa: cuando determinados poderes políticos, mediáticos y económicos dejan de fiscalizar al gobierno y pasan a intentar sustituir la voluntad popular mediante una presión constante, coordinada y desproporcionada.
Hoy, casi treinta años después, muchos demócratas nos preguntamos si España está viviendo una versión actualizada de aquella estrategia contra Pedro Sánchez. La respuesta exige prudencia, pruebas y memoria. No todo es igual. Felipe González gobernaba en un contexto histórico distinto, con otros medios, otra estructura política y otra sociedad. Hoy existen redes sociales, pseudomedios, bulos virales, querellas estratégicas, acusaciones populares de organizaciones ideológicamente marcadas y una polarización mucho más intensa. Pero hay un patrón que sí se parece: la búsqueda de la deslegitimación total del adversario político.
Pedro Sánchez no está siendo criticado solo por sus decisiones de gobierno. Eso sería normal. Está siendo presentado por sus adversarios como un presidente ilegítimo, aunque fue investido conforme a la Constitución y a las reglas parlamentarias. Se intenta instalar la idea de que todo acuerdo parlamentario que no favorezca a la derecha es una anomalía, una traición o una amenaza nacional. Esa lógica no discute políticas: discute la legitimidad misma de que gobierne la izquierda.
En abril de 2024, el propio Sánchez publicó una carta a la ciudadanía en la que denunció el clima de fango político y mediático y anunció unos días de reflexión sobre su continuidad al frente del Gobierno. Aquel gesto fue insólito, precisamente porque mostraba hasta qué punto la presión política había entrado también en el terreno personal y familiar.
El caso de Begoña Gómez, esposa del presidente, es uno de los ejemplos más delicados. Existe una investigación judicial en marcha y, por respeto al Estado de Derecho, debe respetarse el trabajo de los tribunales y la presunción de inocencia. Pero también es legítimo observar el contexto: la causa se inició tras una denuncia de Manos Limpias basada en informaciones periodísticas, y la Fiscalía pidió inicialmente el archivo al considerar que no había indicios suficientes para abrir procedimiento. Posteriormente, la causa ha seguido su recorrido judicial y las partes mantienen posiciones enfrentadas.
Ahí está precisamente el terreno peligroso: cuando una investigación todavía no concluida se utiliza políticamente como una condena anticipada; cuando la sospecha vale más que la prueba; cuando el objetivo no es esclarecer hechos, sino mantener una presión permanente sobre el presidente, su familia y su entorno.
Ahora bien, conviene decir algo con claridad: combatir la máquina del fango no significa negar que puedan existir hechos investigables ni pedir impunidad para nadie. Cualquier responsable público, sea del partido que sea, debe responder ante la justicia si hay indicios reales. La diferencia está entre exigir responsabilidades con pruebas o fabricar una atmósfera de culpabilidad generalizada para derribar a un gobierno.
La Comisión Europea recuerda en sus informes sobre el Estado de Derecho que una democracia se sostiene sobre cuatro pilares: un sistema judicial independiente, la lucha contra la corrupción, la libertad y el pluralismo de los medios de comunicación, y los controles y equilibrios institucionales. Esos cuatro pilares son exactamente los que una democracia debe proteger cuando la confrontación política se vuelve extrema. Sin prensa libre no hay democracia; pero sin periodismo responsable tampoco. Sin jueces independientes no hay democracia; pero sin respeto a la presunción de inocencia tampoco. Sin oposición dura no hay democracia; pero sin aceptación del resultado parlamentario tampoco.
La pregunta, por tanto, no es si Pedro Sánchez puede ser criticado. Por supuesto que puede. La pregunta es otra: ¿se está intentando derrotar políticamente al Gobierno por vías que desbordan la crítica democrática normal?
Mi respuesta es que sí hay señales preocupantes. Hay una estrategia de desgaste que combina deslegitimación política, presión mediática, judicialización constante y ruido digital. No es una copia exacta de la Ansonada de los años noventa, pero sí comparte una misma lógica: cuando la derecha no logra imponer su mayoría en el Parlamento, intenta construir un clima social en el que gobernar se vuelva insoportable.
España no necesita menos crítica. Necesita mejor democracia. Necesita una oposición responsable, medios rigurosos, jueces independientes y ciudadanía con memoria. Lo que no necesita es volver a normalizar que para acabar con un presidente socialista se roce la estabilidad del Estado.
Porque aquello ya ocurrió. Lo reconocieron sus protagonistas. Y una democracia madura tiene la obligación de aprender de su historia.
Hoy el debate no es solo Pedro Sánchez. El debate es si aceptamos que un gobierno legítimo pueda ser desgastado hasta el límite mediante sospechas, ruido y campañas permanentes; o si defendemos que los gobiernos se cambian con votos, no con fango.
Fuentes consultadas
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Revista Tiempo, 23 de febrero de 1998: entrevista a Luis María Anson y referencia posterior a la exclusiva conocida como la Ansonada.
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El País, 17 de febrero de 1998: 'Anson: Para terminar con González se rozó la estabilidad del Estado'.
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Carta a la ciudadanía de Pedro Sánchez, 24 de abril de 2024.
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RTVE, 24 de abril de 2025: análisis del primer aniversario de la carta de Sánchez y de los cinco días de reflexión.
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RTVE, 25 de abril de 2024: información sobre el recurso de la Fiscalía para pedir el archivo de la investigación a Begoña Gómez.
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Comisión Europea, Informe sobre el Estado de Derecho 2024: sistema judicial, lucha contra la corrupción, pluralismo y libertad de medios, y controles institucionales.
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Cadena SER y El País, mayo de 2026: informaciones recientes sobre la evolución judicial del caso Begoña Gómez y los informes conocidos de la UCO.