Quienesvivimos en Valencia hemos visto cómo esta semana nuestra ciudad sellenaba de cabezones, de premios Goyas a gran escala al más puroestilo fallero. Puede ser que, precisamente por eso, no nos hayanimpresionado tanto como lo hubieran hecho en otras ciudades, o lohayan hecho de un modo distinto. Porque aquí, no lo olvidemos,estamos acostumbrados a levantarnos cualquier día y ver nuestraciudad cuajada de monumentos de cartón todos los barrios. O loestábamos. Y eso imprime carácter.
Megustó. Confieso que me gustó mucho, y no solo porque comovalenciana me enorgullezca de que los premios más importantes denuestro cine se hayan venido a mi tierra, que también, sino por algomás. Me gustó porque, por fin, me devolvían una sensación quehabía perdido desde el 12 de marzo de 2020. La sensación denormalidad.
Yasé que resulta extraño afirmar que la aparición de varios bustosde Goya de considerable tamaño repartidos por la ciudad me ha dadosensación de normalidad, pero así es. Toda la sensación denormalidad que empezábamos a vivir por aquí en cuanto el mes defebrero avanzaba y se vislumbraba en el horizonte nuestro marzofestivo y fallero. Algo que nos robó el maldito COVID los dosúltimos años y que por fin parece que vamos a recuperar, si nada lotrastoca.
Juntoa estos cabezones, que trajeron consigo el fin de la obligación delas mascarillas al aire libre, había colas para hacerse fotos. Máso menos largas, según la ubicación y la hora del día, pero todo elmundo quería una foto con el premio en versión gigante, parasentirnos por un momento como una gran estrella del celuloide.
Porfin gente en la calle, por fin se oye hablar de otra cosa que no seael dichoso bicho y su recua de contagios y desgracias, por finempezamos a sentir algo de una normalidad que no es la nueva, sino lade toda la vida.
Nosé cuánto durará esta sensación y si se marchará cuando loscabezones desaparezcan de la vía pública, pero, aunque así fuera,benditos sean. Bendita sea la celebración de los Goya en Valenciaque nos han traído esta ilusión de normalidad. Ojalá no sea unespejismo. Por si acaso, mantendré cruzados mis dedos.