Desde hace tiempo, antesde que esa barbaridad llamada coronavirus diera la vuelta a nuestrasvidas, advertíamos de las paradojas de la digitalización.
En Justicia,por ejemplo, gran parte del esfuerzo de digitalizar suponía unaduplicidad del trabajo sin que significara doblar la eficiencia. Seregistraban las entradas en los programas informáticos pero el papelde toda la vida seguía igual.
He recordado esto en losúltimos tiempos en que la pandemia nos ha arrojado en brazos delmundo virtual, con varias experiencias que, si no religiosas, sí queson francamente curiosas.
La primera es la que mihija –compañera de aventura- y yo dimos en llamar la “cola parahacer cola” tras el comentario de una usuaria tan alucinada comonosotras, y a la que aprovecho para saludar, que no se diga.
Fuimos al centro desalud por cuestión de papeleo. Allí, en un patio al sol, contreinta y pico grados, teníamos que hacer una cola estupenda dondecoincidíamos usuarios con distintas pretensiones, desde citasmédicas a temas burocráticos. Ni triaje ni nada parecido. Era laantesala al centro, donde conseguiríamos acceder a, oh tesoro, unamaquinita expendedora de números. Provistas de nuestro flamantenúmero, llegamos a un mostrador donde nos podían dar cita previa oremitirnos a Internet. Prometo que absolutamente todas las personasque intervinieron en este periplo nos trataron con ejemplareducación, y cada cual cumplía su cometido perfectamente. Pero esobvio que en la organización falla algo. Tres colas, una de ellasbajo un sol de justicia, para conseguir una cita previa, desdibuja elobjetivo de la cita previa, que no es otro que ahorrar colas. Por nohablar de lo de remitirnos a la web.
La otraexperiencia le anda a la zaga. Necesitaba el número de afiliación ala Seguridad Social de mi hija para tramitar una documentación, yfuimos a la página web correspondiente. A falta de firmaelectrónica, nos ofrecían la opción de SMS, pero, oh sorpresa, notenían el número actualizado, y solo podía actualizarse a travésde la web a la que no podíamos acceder por no tener el númeroactualizado. La pescadilla que se muerde la cola. Más aun cuando,personadas en la oficina, hicimos cola para que nos dieran un papelcon instrucciones de cómo hacerlo por Internet. Y vuelta la burra altrigo, para un trámite que mi otra hija hizo en persona en cincominutos antes de la pandemia.
Y eso ellas, nativasdigitales. Si es mi madre nonagenaria, ni lo pienso.
Y es que,como decía Don Hilarión, hoy las ciencias adelantan que es unabarbaridad. O no