En ocasiones aquella famosa frase que dice:
«La realidad supera a la ficción»
Toma forma definida y adquiere personalidad y vida propia, sobre todocuando hablamos del carácter, en algunas ocasiones socarrón ymordaz de los valencianos, como podemos comprobar anualmente en losllibrets de falla. Así pues, cuando nos ponemos a gastar bromas,dejamos el listón muy alto. Si es que realmente lo que vamos aconocer se puede calificar como broma.
Hoy vamos a introducirnos, no en una leyenda, no en un mito, no enalgo que pudiera ser que haya ocurrido, sino en una historia real queocurrió en Valencia en el siglo XV, de la cual hay constanciafehaciente según algunos documentos de la época.
Toda historia tiene un inicio y, en esta hemos de buscarlo en elMiguelete («Micalet» en valenciano), el segundo campanario de laCatedral Metropolitana de Santa María de Valencia, el cual, cuandose construyó entre 1381 y 1425 fue llamado «Campanar Nou»(«Campanario Nuevo»), sustituyendo al campanario románico. ElMiguelete se construyó exento y separado físicamente de lacatedral, al igual que otros muchos campanarios en el mundo como «LaTorre de Pisa», el «Campanille de Giotto», el «Campanille de SanMarcos», el «Camanario de Lavra de Kiev» y otros tantos.
Como apunte histórico citar que al Miguelete cuando lo construyeronno le colocaron la espadaña, cosa que se realizó entre 1660 y 1736,elevando su altura inicial de casi 51 metros, hasta los actuales 63metros.
La Sala Capitular, hoy Capilla del Santo Cáliz, situada en la parteopuesta del Miguelete, también estaba separada de la catedral, peroen 1459 se iniciaron las obras de lo que se llamó «Arcada Nova» o«Arcada de la Seu», que fue un nuevo tramo que se añadió a laCatedral y con ello, tanto el Miguelete como la Sala Capitular seunieron definitivamente a la Catedral.
El Cabildo le encargó la obra al maestro de obras, Francesc Baldomar(c. 1395-1476), el cual dejó plasmado su busto en un bajorrelieve enel pilar este de la Arcada Nova. Este hombre, además de ser un granprofesional, era una persona excelente que poseía un carácter muypacífico, amable, confiado... Extremo que, en más de una ocasiónle pasó factura, pues algunos de sus obreros le gastaban algunasbromas, no siempre de muy buen gusto, como la que vamos a conocer.
El maestro Baldomar, tenía un borrico que guardaba en un cobertizono muy lejos de la obra, el cual utilizaba para desplazarse por todala ciudad de Valencia cuando así lo requería.
Mas, una noche de principios de 1462, al amparo de la oscuridad y lasoledad de la misma, algunos de sus obreros decidieron gastarle unabroma espectacular y algo pesada. Para ello, rompieron algunoscerrojos y alguna cosilla más, y sacaron el burro de donde loguardaba Baldomar, y por la angosta escalera del Miguelete que llevahasta la terraza del mismo, subieron el burro a empujones, con ungran esfuerzo y, seguramente bastantes horas de trabajo, pues, paraquien no conozca dicha escalera, cabe comentar que es helicoidal, delas llamadas «de caracol», con una anchura de no más de 80 u 85centímetros, y cuenta con 207 peldaños de una altura media de unos25 centímetros para completar los 50,85 metros que hay desde la baseen el suelo hasta la terraza. Esto nos da a entender la fuerza quetuvieron que utilizar los hombres que subieron el animal a la terrazadel Miguelete, y las penalidades que pasaría el burro.
Una vez en lo alto, dejaron al burro en la terraza y, al díasiguiente, cuando subieron a la misma el campanero y los sacristanespara hacer tañer las campanas, como era lo habitual, se encontraroncon una «bestia» que los miraba fijamente, con el comprensiblesusto que eso les causaría. Dicen las crónicas que bajaron lasescaleras corriendo y gritando llenos de miedo y, que el hecho se loatribuyeron a la magia y la brujería, temas muy populares yextendidos en esos momentos, y a los que se le atribuía todo aquelloque no podían explicar.
Poco tiempo después se supo fehacientemente que todo había sido unabroma de algunos de los obreros de Baldomar, pero este de todasmaneras se quejó ante el Cabildo, pero del mismo sólo obtuvo elapremio para que bajara el burro de la azotea del Miguelete, ya queel animal era suyo. Así pues, a pesar de haber sido la víctima dela broma, tuvo que pagar de su bolsillo la maniobra de rescate, yaque primeramente intentaron bajar al burro de nuevo por lasescaleras, pero el animal se negó rotundamente a bajar por esasmismas escaleras por las que había subido, seguramente presa delmiedo.
Así pues, para la maniobra de rescate, Baldomar contrató losservicios de unos marinos del puerto de Valencia que estabanacostumbrados a cargar y descargar con poleas bultos muy pesados. Losmarinos sujetaron al burro con gruesas maromas y por medio de unaspoleas comenzaron a bajarlo, pero el animal entró en pánico alverse «volando», así que lo tuvieron que volver a subir y taparlela cara con un saco para que no pudiera ver lo que estaba ocurriendoa su alrededor mientras lo bajaban, y de esta manera pudieroncompletar la labor de rescate del burro, y con ello concluyó unabroma que, no sé si se podría llamar como tal.
Ahora bien, era sabido que entre el maestro de obras FrancescBaldomar y el Canónigo de la Catedral, Guillem Ramón de Vich yVallterra (1460 o 1470-1525), no había muy buenas relaciones, y deseque murió el suecano Antoni Bou, Vicario de la ciudad de Valencia,el 25 de noviembre de 1461, que era el protector de Baldomar, latensión entre este y el Canónigo se hizo más tensa. De esta maneracuando el 17 de abril de 1462, Baldomar denunció al Canónigo anteel juez Berenguer Company por diversas cosas que a su entender lehabía hecho este, no obtuvo la justicia que él creía que merecíao la que andaba buscando, al igual que tampoco encontró respaldo delCabildo cuando ocurrió la broma del burro.
Valencia también es sinónimo de socarronería y bromas a lo grande.