Freud no está desfasado, mientras Darwin se pasea por Westminster, Freud sigue incomodando.
Hay verdades que terminan por imponerse, y otras que, desde su irrupción, no dejan de ser resistidas. La comparación entre Charles Darwin y Sigmund Freud muestra esta diferencia con claridad: la resistencia a Darwin se venció; la resistencia a Freud persiste, y con cada época se renueva.
Cuando Darwin formuló la teoría de la evolución, produjo conmoción: tocaba creencias, moral y orgullo humano. Sin embargo, esa resistencia fue transitoria. Con la evidencia empírica, Darwin terminó canonizado por la comunidad científica. Incluyendo a Freud.
Freud, en cambio, a más de un siglo de sus descubrimientos, el psicoanálisis sigue siendo ridiculizado, minimizado y acusado de desfasado por conductistas, neurocientíficos, filosofías de moda e incluso ignorado por los propios psicoanalistas. ¿Por qué? Porque Freud descubrió algo que no puede ser domesticado: el inconsciente. El yo no es amo en su propia casa. Esa verdad no se corrige con datos; se manifiesta en síntomas, sueños y actos fallidos: allí donde el sujeto tropieza con algo que desconoce. Lo que importa no es si ocurrió así, o asá, sino que eso actúa, afecta.
No es casual que Freud fuera nominado en varias ocasiones al Premio Nobel, tanto de Medicina como de Literatura, pero su descubrimiento no encajaba en los criterios de la ciencia positiva. La ciencia “respetable” no tolera lo que desordena sus certidumbres.
Hoy, las neurociencias prometen localizar el pensamiento, el deseo y la decisión con sofisticados escáneres. Pero en ese mapa del cerebro ni rastro de la represión, del lapsus ni del síntoma neurótico. Allí donde el escáner ve lucecitas de colores, el psicoanálisis escucha los retornos de lo reprimido y sonríe ante la pretensión de certeza absoluta.
Freud no podía ser absorbido por el discurso científico. Su descubrimiento insiste, se resiste y, como todo verdadero hallazgo, incomoda. Tal vez el problema no sea que el psicoanálisis esté desfasado, sino que sigue señalando aquello que nadie quiere mirar y eso, al final, es lo que lo mantiene vivo. Darwin nos bajó del pedestal: el hombre no es el centro de la creación. Freud fue más lejos: ni siquiera somos dueños de lo que pensamos o deseamos.
Darwin, descentra al hombre en la naturaleza, Freud, descentra al sujeto de sí mismo, Moisés, según Freud, introduce una ley que viene del Otro y que el grupo no soporta. La situación acaba en un asesinato…(continuará)