Desde hace unas semanas vengo observando, entre la estupefacción, la risa y el enfado, la irrupción en mis cuentas de redes sociales de lo que no se’ si describir como fenómeno, o como otra cosa: las frutinovelas. Cuando una menos se lo espera, se le aparecen en las pantallas esas historias protagonizadas por frutas personificadas y aparentemente inocentes. Y de inocentes, nada. Exactamente en las antípodas de aquellos dibujos animados de los Fruitis, o de Naranjito y Clementina que poblaron muchas infancias.
Las Frutinovelas, salvo alguna excepción, responden a varios lugares comunes, que ya no deberían ser comunes.
En primer lugar, el cuerpo de la mujer aparece exageradamente sexualizado, aunque tenga cabeza de fresa, piña o melocotón.
En segundo término, las historias giran mayoritariamente en torno a infidelidades que culminan en embarazo donde, invariablemente, el bebé nace con la forma equivocada, equivalente a la fruta que es el padre clandestino, y culminan con la expulsión de la mujer-fruta, que se ve abocada a un mundo de pobreza junto a su frutal bebé ilegítimo.
Otra modalidad de historias es aquellas que giran en torno al maltrato infantil. Padres que expulsan del hogar a sus hijos o hijas o que desprecian a uno de ellos porque no les parecen una fruta suficientemente lisa y brillante.
Por último, y más alucinante aun, también he visto varias historias de sanitarios que, por mera diversión, cambian a un bebé fruta por otro, o le aplican alguna pócima que hace cambiar su aspecto para provocar el rechazo del padre que se cree engañado.
Es cierto que también hay alguna que otra historia de amor romántico, pero son las menos y el mal menor, por decirlo de algún modo.
¿Es esto una moda pasajera o hay algo más? Pues la verdad es que no me empezó a preocupar el tema hasta vi que salía en los informativos. Es decir, un buen indicador de que la cosa se pasa de castaño oscuro.
No sé si las frutinovelas seguirán invadiendo nuestros móviles durante mucho más tiempo o son una moda fugaz más. Pero lo que sí me preocupa es que ofrecen unos estereotipos no solo trasnochados sino de un machismo que tira de espaldas. Incluido el culto a la imagen y la crítica a aquellas frutas cuyo cuerpo sexualizado no cumple con los supuestos cánones de belleza. Y eso es alarmante, sea protagonizado por frutas, por jarrones chinos, por piezas de la vajilla -que ya los hay- o por cualquier comestible.
Y es que el machismo sigue madurando y adquiere nuevas formas para viejas lacras. Aunque sean mangos, kiwis, sandías o naranjas.