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Papel de periódico

Susana Gisbert
Susana Gisbert
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Ayerme llegó volando, mientras paseaba, una hoja de papel de periódico.No tengo ni idea de lo que decía porque, mientras volaba, lo hacíami imaginación en forma de nostalgia. Por una vez, la forma sobre elfondo.

Cuandoyo era niña mi padre era suscriptor de, al menos dos periódicos delos de mayor tirada en mi ciudad. Eran otros tiempos, cuando latecnología no había irrumpido en nuestras vidas y los teléfonospertenecían a una casa y no a una persona, cable mediante. Y esoallá donde llegaban, porque todos mis veranos hasta bien entrada laadolescencia transcurrieron entre colas en la cabina de teléfonos siteníamos algo verdaderamente importante que comunicar.

Laforma de los periódicos de papel no ha variado demasiado, aunque sílo ha hecho la cantidad. Y su utilidad se extendía mucho más alládel momento en que se leían.

Seguroque todavía hay mucha gente que, como yo, recuerda haber caminadosobre hojas de papel de periódico extendidas para evitar pisar elsuelo recién fregado. Hoy sería impensable. No porque puedanpisarse impunemente los suelos recién fregados, sino porque suescasez y la carestía del papel harían peor el remedio que laenfermedad.

Poraquel entonces una amiga mi madre reformó su casa colocando en elsuelo lo que parecía el colmo de la sofisticación, parquet. Pero,como temía que las pisadas lo estropearan, lo cubrió con alfombrasque, dada su afición a epatar al personal, eran carísimas alfombrasturcas. Por supuesto, una vez puestas, también temió que laspisadas las estropearan, así que cada día las cubría con papel deperiódico. De modo que su casa, que había pretendido que fuera elno va más, acababa teniendo el mismo aspecto que el patio deledificio cuando la portera acababa de fregarlo. Una verdaderaparadoja.

Tampocoesa era su única utilidad. Había quien envolvía el bocadillo conél y, en ocasiones servía para distinguir –y discriminar, sindarnos cuenta- entre niños cuyos padres podían permitirse envolverel almuerzo en resplandeciente papel de aluminio –al que llamábamos“papel de plata” y también servía para hacer el río del Belén-y quienes los protegían con modesto papel de periódico. Pocoimportaba que traspasara el aceite y dejara todo lo que se leacercaba hecho unos zorros. Incluidos, por descontado, cuadernos dedeberes.

Habíaotros usos no tan finos, como el de suplir al papel higiénico, peroprefiero no ponerme escatológica. No olvido, sin embargo, unautilidad maravillosa que ha llegado hasta nuestras días: la de taparla paella recién hecha para “dejarla reposar”. Aunque solo fuerapor eso, no podemos dejar que desparezca.

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Susana Gisbert
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