Valencia se juega mucho más que unas cuantas licencias, unos conciertos o unos horarios. Se juega su alma. La declaración de Zona Acústicamente Saturada (ZAS) en Russafa y la prohibición de grandes conciertos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias vuelven a abrir un debate que afecta directamente al modelo de ciudad que queremos: una ciudad viva, abierta, mediterránea y llena de actividad, o una ciudad silenciosa, rígida y sin pulso social. Un cementerio.
Es legítimo que existan vecinos que reclamen descanso. Nadie discute eso. Pero también hay que decirlo claramente: 15, 20 o 30 personas no pueden imponer un modelo restrictivo que perjudique a miles de ciudadanos, trabajadores y negocios que viven del ocio, la cultura y el turismo. Porque detrás de cada terraza, de cada pub, de cada concierto y de cada festival hay camareros, músicos, técnicos, taxistas, hoteles, restaurantes y pequeñas empresas que dependen de que Valencia siga siendo atractiva y dinámica. Y miles de valencianos y turistas que disfrutan.
Russafa no nació ayer. Quien vive en Russafa sabe perfectamente que reside en uno de los barrios con más vida de Europa. Esa mezcla de cultura, gastronomía, ocio y movimiento constante es precisamente lo que convirtió al barrio en un referente internacional y disparó incluso el valor de la vivienda. Pretender ahora convertirlo en una urbanización silenciosa es simplemente ir contra la realidad.
La ZAS corre el riesgo de castigar indiscriminadamente a todo un sector económico por problemas puntuales que deberían abordarse con más control policial, más limpieza, mejor movilidad y sanciones concretas al incivismo. El problema no es la música ni la actividad económica; el problema es la falta de gestión. Y prohibir siempre es lo más fácil.
Y Valencia debería haber aprendido ya de errores del pasado. La ciudad perdió en su día parte de la esencia y del impacto internacional que generaba la Ruta del Bakalao, un fenómeno cultural y musical que atrajo durante años a miles de personas de toda España y de Europa. En lugar de regular y ordenar, se optó por demonizar y destruir. Décadas después, muchas ciudades matarían por tener un movimiento cultural y de ocio con aquella repercusión internacional.
Ahora parece repetirse la misma historia. Mientras Madrid, Barcelona o Benidorm conviven con ocio, turismo, conciertos y ruido dentro de unos márgenes razonables, aquí algunos pretenden convertir cualquier actividad en un problema. El ruido existe en cualquier gran ciudad viva. Forma parte de la actividad, del turismo y de la convivencia urbana. València no puede plegarse constantemente a cuatro amargados que quieren imponer silencio absoluto a toda la ciudad.
Porque la justicia y las administraciones deben proteger derechos, sí, pero también entender el impacto social y económico de sus decisiones. No se puede perjudicar a toda una ciudad, a miles de trabajadores y a sectores enteros por las quejas constantes de una minoría. Gobernar también significa equilibrar intereses y defender el interés general.
Lo mismo ocurre con los conciertos en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Resulta incomprensible que una capital europea con aspiraciones internacionales limite precisamente los eventos que generan imagen, turismo y actividad económica. Las grandes ciudades compiten por atraer cultura, festivales y espectáculos. Madrid lo hace. Barcelona lo hace. Málaga lo hace. ¿Y València qué hace? Ponerse límites a sí misma.
Un concierto multitudinario no solo beneficia a los organizadores. Llena hoteles, dispara reservas en restaurantes, genera empleo eventual y sitúa a la ciudad en el mapa internacional. Cada gran evento mueve millones de euros y crea una cadena de riqueza que acaba llegando a miles de familias.
Además, existe cierta hipocresía en algunos discursos. Muchos de quienes hoy protestan por el ruido eligieron precisamente vivir en los barrios más activos y turísticos de la ciudad. La convivencia exige equilibrio y sentido común, no prohibiciones masivas que asfixien la vida urbana.
Valencia no puede resignarse a ser una ciudad dormitorio. El Mediterráneo representa calle, música, terrazas, cultura y convivencia. La vida no puede reducirse al silencio absoluto a las diez de la noche porque una minoría organizada presione constantemente a las administraciones.
La solución pasa por compatibilizar descanso y actividad, no por eliminar la diversión. Más inspecciones, más control del botellón, más transporte nocturno y más civismo. Pero nunca matar aquello que hace especial a València.
Porque una ciudad sin ocio, sin conciertos y sin vida nocturna no es más habitable. Es simplemente más triste.
Si les molesta el ruido, inviertan en una mejor climatización. O váyanse al campo.