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Irán, Ucrania, Palestina: y Europa mira hacia otro lado

PERE VALENCIANO
Una de las manifestaciones que ha recorrido el centro de Valencia por Palestina.
Una de las manifestaciones que ha recorrido el centro de Valencia por Palestina. // EFE/ Ana Escobar

Vivimos una época en la que la dignidad humana vale menos que el petróleo, el gas, las alianzas estratégicas o la estabilidad de los mercados. Lo vemos en Ucrania, en Irán y también en Palestina. Tres escenarios distintos, pero unidos por una misma sensación: el mundo ha aprendido a convivir con el sufrimiento ajeno siempre que no afecte demasiado a la economía. 

En Ucrania, la invasión rusa puso a prueba la coherencia de Occidente. Europa reaccionó tarde, dividida y con miedo a las consecuencias energéticas y económicas. Estados Unidos, durante años condicionado por el discurso ambiguo y complaciente de Donald Trump hacia Vladímir Putin, debilitó el mensaje de firmeza que las democracias debían transmitir frente al expansionismo ruso. Mientras miles de civiles morían, muchos gobiernos calculaban antes el precio del gas que el valor de la libertad. Trump ha sido un aliado, de facto, de Putin. ‘Son of Putin!’.

En Irán, la hipocresía internacional resulta todavía más evidente. El debate global se ha reducido durante décadas a la amenaza nuclear, mientras el régimen reprimía brutalmente a su propio pueblo. Mujeres asesinadas por reclamar derechos básicos, jóvenes encarcelados por manifestarse y miles de ciudadanos silenciados bajo el miedo. Miles de personas fueron masacradas antes de la furia ridícula, pero peligrosa y perniciosa, de Trump. Y, aun así, gran parte de la comunidad internacional ha preferido negociar petróleo y estabilidad regional antes que exigir con verdadera contundencia el respeto a los derechos humanos. Ya no se habla de acabar con el régimen de los ayatolás, sino de reabrir el estrecho de Ormuz.

Y después está Palestina. Gaza arrasada, miles de muertos, familias enteras desaparecidas bajo los escombros y una población condenada a sobrevivir sin apenas esperanza. Al principio hubo indignación internacional, declaraciones solemnes y grandes titulares. Pero el tiempo pasa y el horror deja de ocupar portadas. El sufrimiento se normaliza. El mundo se acostumbra a las imágenes de destrucción mientras las grandes potencias continúan moviendo piezas según sus intereses geopolíticos y económicos. ¡Pobres gazatíes!

Mientras tanto, hay un vencedor silencioso que observa desde la distancia: China. Sin disparar un solo misil y evitando la sobreexposición internacional, China ha sabido aprovechar el desgaste de Occidente para consolidar su liderazgo económico, tecnológico y geoestratégico. Estados Unidos, atrapado en su polarización interna y debilitado por figuras populistas como Donald Trump, transmite hoy una imagen de división, imprevisibilidad y pérdida de liderazgo global. Resulta inquietante comprobar cómo la principal ¿democracia? del mundo puede quedar condicionada por un dirigente capaz de convertir la política internacional en un espectáculo permanente. 

Europa tampoco encuentra una voz firme y unida. Es necesario un ejército europeo, integrar y proteger a Ucrania como un socio europeo más y asumir riesgos en un mundo que se transforma a una velocidad de vértigo. 

La realidad es incómoda: los principios se invocan en los discursos, pero desaparecen en las mesas de negociación. Europa, Estados Unidos y buena parte del mundo democrático corren el riesgo de perder algo más importante que influencia internacional: perder credibilidad moral.

Porque cuando las democracias dejan de defender con claridad la libertad, la justicia y los derechos humanos, otros ocupan ese vacío. La historia ya nos enseñó demasiadas veces el precio de la indiferencia. Se paga con represión y muerte.

La gran pregunta es qué podemos hacer los ciudadanos más allá de denunciarlo o manifestarnos. ¿Basta con indignarnos unos días mientras el mundo sigue funcionando exactamente igual?

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