No soy nadie. Lo reconozco, notengo ningún máster, ni postgrado, ni doctorado, ni nada de todoeso. Pertenezco a la época de las antiguas licenciaturas, dondetener un título universitario ya parecía garantía de ser mucho, yque era, además, lo único que exigían para aprobar la oposiciónPero ahora resulta que no soy nadie.
Y es que vivimos una época detitulitis aguda. Si en la generación anterior a la mía los padresse mataban para poder dar a sus hijos e hijas una carrera, ahora noes bastante. Ahora hay que hacer una doble licenciatura, y un máster,y si son dos o más, mejor. He visto hasta ofertas de tres por uno,lo juro. Y juro también que no veo una gran diferencia entre lapreparación de quienes hacíamos una solitaria y triste carreracreyendo que era lo más, a la de quienes pueden colgar hasta cincotítulos distintos en su despacho. Que, eso sí, les queda mucho máslucido, dónde va a parar.
Por eso ahora todo el mundoparece que tiene la necesidad de supertitularizarse con todo lo quele cae en las manos. O con lo que no le cae, que ahí está la cosa.Y les quedan unos currículums gorditos e ideales de la muerte, másahora que les puedes colocar foto, adornitos y todo lo que quierascon un programa informático al efecto.
Pero, claro, aunque son todosmuy bonitos y entran ganas de tener uno igual, se nos olvida unacosa. O dos. Que tienen que responder a la realidad de lo estudiado,y que tienen que servir para algo más que para lucir en la pared. Oen la web de cualquier institución, vaya.
Lo que resulta inadmisible esque puedan regalarse, y también que haya quien se deje obsequiar yademás presuma del regalo, y eso sin entrar en la rueda del “y túmás” que tanto parce estar de moda.
Pero lo que de verdad sientode toda esta historia es la sensación que queda en todas laspersonas que se están dejando los codos y los cuartos en sacarse untítulo. Que si están en ello se sienten bobas, y si iban aplanteárselo se lo piensan dos veces. Por no hablar de esos jóvenesque se preparan y se preparan y no dejan de preguntarse por qué unostienen que hacer tanto y otros tan poco.
Así que no nos queda otra queremasterizarnos. Y pensar que, como diría mi madre, las mentirastienen las patas cortas. Aunque una no sea nadie.
SUSANA GISBERT
(TWITTER @gisb_sus)