Poruna vez, y sin que sirva de precedente -o sí - me lanzo a hablar de lopolíticamente correcto de un modo políticamente incorrecto. O viceversa.
Llevouna temporada boquiabierta y ojiplática con algunas reinterpretaciones y, loque es peor, con las represalias que suponen,
Lacosa se hizo fuerte con los derrumbes de estatuas, y a partir de ahí hubo quiense vino arriba. No digo yo que haya más de un prócer cuya bonhomía haya decuestionarse. Algo de lo que aquí sabemos un rato, Ley de Memoria Históricamediante. Como tenía que ser.
Peroahora padecemos un revisionismo atroz y, en más de un caso, ridículo. Además deestatuas derribadas sin ton ni son, incluso de personajes que jamás hicieronningún mal, nos encontramos con referentes cotidianos en peligro, y por razonesque ni siquiera ofenden a los supuestamente ofendidos.
Yahace tiempo escribí en contra del boicot que se realizó en Inglaterra a EnydBlyton por considerar sus libros juveniles machistas y discriminatorios. Nadamás lejos de la realidad. Pero aquello, que parecía una extravagancia, no erasino una avanzadilla.
Mepuse a temblar cuando se eliminó de algunas plataformas la inolvidable “Lo queel viento se llevó” por ofrecer, supuestamente, una imagen dulcificada del esclavismo.Hablamos nada menos que de una película de 1939 que perdura en la memoriacolectiva -yo la he visto infinitas veces- y respecto de la que jamás había oídoque nadie se sintiera ofendido. Y, aunque es verdad que Hattie McDaniel fuediscriminada en la ceremonia de los Oscar por leyes racistas, no lo es menosque también sirvió para visibilizar, al ser la primera vez que una actriz negra-hoy, afroamericana- era galardonada.
Eseha sido, para mí, el ejemplo más traumático. Pero ahora me da la risa al verque hay quien se plantea eliminar los “Conguitos” o hasta el Cola-Caoporque en su día la canción hablaba del negrito del África Tropical. ¿Qué serálo siguiente? ¿Cargarnos a Blancanieves porque entroniza el ideal de serblanca, no habla políticamente del enanismo y pone a una mujer al servicio desiete hombres? ¿A Cenicienta por menospreciar a las empleadas domésticas?
Elerror es mirar con ojos de hoy las obras de ayer, algo tan equivocado como loque se pretende combatir. Más nos vale proporcionar a nuestra juventud unaformación que posibilite la crítica y no unas prohibiciones que, como ocurresiempre, no hacen sino fomentar la curiosidad por lo prohibido.
Ya deberíamossaberlo en España tras la experiencia de cuarenta años de censura.