Tengo una amiga que, cuando algo o alguien me altera hasta el puntode perder los nervios, me recomienda una visita a los pingüinos, poraquello de enfriar los ánimos. En caliente se piensa mal o no sepiensa, y se dicen cosas de las que una puede luego arrepentirse.
Le hago caso, o al menos lo intento, siempre. Por eso este verano, apesar de la canícula estival, he tenido un iglú montado del tamañode un campo de fútbol. Porque no dejo de verme obligada a pingüineara cada rato.
Y no ha sido para menos. La no-investidura ha fagocitado la atencióny los informativos hasta el punto de olvidarnos de un montón decosas importantes. Con una única ventaja, eso sí. Han quitadoprotagonismo a los eternos partidos y partiditos de verano con losque los teleprogramadores inundaban de balones de fútbol nuestraspantallas. Con la inestimable ayuda de los Juegos Olímpicos, endonde hemos quedado mejor parados de lo que al principio parecíagracias, en gran parte, al esfuerzo de nuestras deportistasfemeninas, las grandes olvidadas el resto del año, y de los llamadosdeportes minoritarios, a los que nadie hace caso casi nunca.
Nos hemos olvidado del drama de los refugiados, que el pasado añocopó por un breve período noticias y titulares, espoleados por lafotografía de aquel niño muerto en la playa que ya es todo unsímbolo. Parecía que otro niño, Omran, impávido ante un bombardeomás en una vida que no ha conocido más que la guerra, iba a removerde nuevo las conciencias. Pero fue un espejismo. Más allá de unvídeo y unos cuantos comentarios, se pasó página. Nosotros a lonuestro. Y yo con los pingüinos de nuevo.
Tampoco parece que este año nos haya hecho mella que las mujeressigan siendo asesinadas en esa tragedia que es la violencia degénero. Y a ni siquiera hablamos de verano negro ni de terriblelacra, por más que este verano también se haya saldado con variasmuertes que nunca debieron ocurrir. Y, por triste que parezca, elhecho de que varias de ellas hayan fallecido después de varios díasde agonía tras el ataque de su agresor, ha quitado repercusión alterrible hecho. Más pingüinos.
Y mientras, la Justicia, la Sanidad o la Educación hechas unoszorros. Poca o ninguna atención entre unas líneas rojas que pasande puntillas por unas cosas y exacerban otras. Apenas nadie hahablado de la sentencia del Tribunal Constitucional que, tras más decuatro años, declaraba inconstitucionales las tasas judiciales. Unanoticia que debería haber acaparado titulares y pasado factura aquienes las implantaron. Pero nada de nada. Al iglú de nuevo.
Tampoco se ha rasgado nadie las vestiduras, más alla de la conmocióninicial –cuando la ha habido- por hechos como agresiones homófobas,o porque las fiestas patronales se conviertan en un territoriocomanche para las agresiones sexuales. Un poco de ruido, y pocasnueces. Seguimos igual. Y los pingüinos que acaban amenazando porinvadir mi casa entera. Suma y sigue.
Y entre tanto pingüino, los políticos empeñados en hacernos votaren Navidad. Como si no tuviéramos bastante con la zambomba y lapandereta. Menos mal que entonces hará frío. Y con el frío, lospingüinos están en su ambiente.