Las elecciones andaluzas de este domingo han cerrado un nuevo capítulo del ciclo autonómico que viene dibujando la política española desde hace ya varios meses. Andalucía —ese laboratorio electoral permanente donde el PSOE construyó durante décadas su gran feudo y donde ahora el Partido Popular ha consolidado su mayor símbolo de poder territorial— vuelve a comportarse como un espejo incómodo para muchos en el resto del país. Es cierto que la sociedad andaluza no es la valenciana, pero esta región es la más extensa en población del país y los resultados de los comicios sirven como termómetro. También en la Comunitat Valenciana.
Sin sorpresas, el PP fue el gran ganador. Juanma Moreno encara su tercera legislatura como presidente. Con 53 escaños para el PP, 28 para el PSOE, 15 para Vox, 8 para Adelante Andalucía y 5 para Por Andalucía, el partido más votado supera en 25 escaños al segundo. Si eso no es ganar... Nadie se hubiera creído hace años estos resultados en el sur de España. El socialismo está en mínimos y ha tocado subsuelo. Un panorama que ya se ha repetido en las elecciones de Extremadura, Castilla y León o Aragón, y que se prevé replicar en el conjunto nacional.
La conclusión del ciclo es casi mecánica. Las derechas mantienen la mayoría social y parlamentaria en el conjunto de las comunidades que han ido votando en los últimos meses, aunque lo hacen con matices. El Partido Popular gana, pero no siempre despega; Vox no se hunde, pero tampoco desborda; y el PSOE resiste en algunos espacios, aunque sin capacidad de rearmarse como alternativa clara. Es un equilibrio inestable.
El eco valenciano sin candidato claro
Y en ese equilibrio, Andalucía aporta una lectura relevante para la Comunitat Valenciana. En algunos ámbitos del Partido Popular se da por amortizado el llamado “efecto dana” de cara a próximas elecciones. Con la etapa Mazón ya atrás, el PP valenciano no se vería castigado en las urnas, a priori, aunque se han abierto nuevos frentes peligrosos para los populares, como la huelga educativa, para la que el Consell asegura un acuerdo pronto.
El president Juanfran Pérez Llorca ha conseguido hasta ahora un equilibrio político basado en una relación fluida con Vox, con acuerdos que han permitido sostener la legislatura sin sobresaltos estructurales. Esa estabilidad, sin embargo, no elimina la dependencia ni los márgenes estrechos de maniobra, especialmente en un contexto en el que la política autonómica se ha vuelto más sensible, politizada y veremos si polarizada.
El caso valenciano no puede separarse tampoco de la situación interna del Partido Popular. Génova sigue sin activar los congresos regionales pendientes, y ese aplazamiento prolonga una sensación de interinidad en estructuras clave como el PPCV. El propio Llorca continúa arrastrando la etiqueta de líder provisional, a la espera de que la dirección nacional decida si activa el calendario orgánico, mantiene si todo congelado o elige sin primarias al exalcalde de Finestrat. En ese contexto, el nombre de Francisco Camps vuelve a aparecer como factor de tensión interna, con aspiraciones explícitas a volver a los tiempos de oro del PP valenciano y con la voluntad de disputar el control del partido.
La dirección nacional del PP aún valora si opta por fórmulas más controladas que eviten imágenes de división en territorios donde el partido gobierna. La decisión no es menor: en el caso valenciano, cualquier movimiento orgánico tendrá efectos directos sobre el liderazgo de Llorca y sobre la estabilidad del Consell en la recta final de la legislatura.
El PSOE y la estrategia de los ministros candidatos
Ha quedado más que demostrado que la estrategia de Pedro Sánchez de colocar ministros como candidatos autonómicos no funciona. Ocurrió con Pilar Alegría en Aragón, ha ocurrido con María Jesús Montero en Andalucía y volverá a intentarse con Diana Morant en la Comunitat Valenciana. La idea de trasladar capital político del Gobierno central a las autonómicas no está generando el impulso esperado.
En Andalucía, el caso de María Jesús Montero es especialmente significativo. No se trataba de una candidata cualquiera, sino de la vicepresidenta del Gobierno hasta hace poco y número dos del PSOE. Su peso político y su nivel de conocimiento eran altos, pero ni siquiera eso ha sido suficiente para disputar con eficacia la hegemonía del PP andaluz ni, al menos, suavizar el batacazo.
Diana Morant parte, en teoría, con un escenario potencialmente más favorable en la Comunitat Valenciana, especialmente por la gestión del desgaste del gobierno autonómico tras la dana. Pero también arrastra un problema estructural: su nivel de implantación y conocimiento no termina de despegar con la intensidad que el PSOE esperaba. Cierto es que Mazón cuando ganó no era más conocido que Diana Morant en la Comunitat Valenciana, pero es indiscutible que el PP tenía el viento a favor del cambio de ciclo que se ha consolidado en toda España y el PSOE, por contra, lo tiene más negro.
Vox no rompe techo y las izquierdas identitarias ganan peso
Mientras tanto, el mapa sigue consolidando una dinámica de bloques que se estabiliza pero no se resuelve. El PP gana poder territorial, pero depende de Vox en mayor o menor medida en casi todos los escenarios. Vox, por su parte, se mantiene como actor clave sin romper su techo electoral. Y la izquierda, fragmentada en distintos espacios, no consigue recomponer una alternativa clara.
Hay, sin embargo, un elemento que conviene no pasar por alto en este nuevo ciclo: el relativo buen momento de las izquierdas de carácter regionalista o soberanista. Lo que ha ocurrido en Andalucía con Adelante Andalucía —que ha logrado crecer y consolidarse como una fuerza con identidad propia, más allá de la órbita de Sumar y del PSOE— no es un fenómeno aislado. En Aragón, la Chunta Aragonesista ha reforzado su papel como referente de la izquierda aragonesista, manteniendo e incluso ampliando su influencia dentro del ecosistema progresista.
La lectura que algunos empiezan a hacer es clara. Allí donde la izquierda estatal se diluye o no conecta, los proyectos con arraigo territorial y discurso propio resisten mejor o incluso crecen. Y esa tendencia no es menor para la Comunitat Valenciana, donde Compromís juega precisamente en ese mismo espacio de encrucijada entre identidad, gestión institucional y autonomía política respecto a las marcas estatales de la izquierda.
La hipótesis del adelanto electoral en la Comunitat Valenciana
En ese escenario empieza a deslizarse, aunque todavía con prudencia, una idea que hace unos meses habría parecido impensable. La posibilidad de un adelanto electoral en la Comunitat Valenciana. No es una decisión sencilla ni exenta de riesgos, pero tampoco una hipótesis descabellada si se observa el tablero con frialdad. La izquierda no termina de consolidar una alternativa clara, el PSPV sigue en fase de construcción de liderazgo real y Compromís continúa en su propio proceso de redefinición. La izquierda no se ve como un bloque claramente ganador.
Un movimiento así podría pillar de imprevisto a la oposición y forzarla a acelerar tiempos que todavía no tiene maduros. Pero, sobre todo, tendría un efecto interno inmediato en el Partido Popular: obligaría a Génova a salir de la ambigüedad y definir de una vez por todas el liderazgo orgánico en la Comunitat Valenciana, cerrando la etapa de interinidad que arrastra el PPCV desde la crisis política anterior.