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El cañonazo que salvó Dénia de los corsarios

Una falsa alarma frente a Xàbia alejó a doscientos hombres armados mientras cientos de corsarios desembarcaron en Les Rotes

Ángel Beitia
Recreación del cañonazo del castillo de Dénia contra los corsarios que desembarcan en Les Rotes en 1556.
Recreación del cañonazo del castillo de Dénia contra los corsarios que desembarcan en Les Rotes en 1556.

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En septiembre de 1556, una falsa amenaza frente a Xàbia alejó de Dénia a doscientos hombres armados. Mientras tanto, cientos de corsarios berberiscos desembarcaron en Les Rotes y avanzaron hacia la villa. Cuando parecía que el saqueo era inevitable, un disparo desde el castillo cambió el desenlace.

La mañana del 10 de septiembre de 1556, Dénia se enfrentaba a una amenaza que podía terminar en saqueo y muerte. Diez galeras de corsarios berberiscos habían aparecido frente a la costa de Xàbia y sus movimientos hicieron temer un desembarco. La noticia llegó a Dénia, cuya jurisdicción incluía entonces aquellas tierras, y la respuesta no se hizo esperar. Unos doscientos hombres armados salieron para prestar ayuda. Lo que ignoraban era que aquella alarma podía formar parte de una maniobra cuidadosamente calculada.

Los corsarios no pretendían necesariamente atacar Xàbia. Su objetivo era Dénia, y la salida de los defensores les ofrecía una oportunidad difícil de mejorar. Cuando unos seiscientos hombres desembarcaron en Les Rotes y avanzaron hacia la villa, la situación resultaba inquietante. Buena parte de quienes podían defenderla se encontraba lejos, y los habitantes que permanecían allí debían confiar en las fuerzas disponibles y en las defensas del castillo.

Sin embargo, los atacantes no encontraron una ciudad completamente indefensa. Desde las fortificaciones se disparó un cañón. El estruendo debió de resonar sobre la costa y anunciar que todavía existía capacidad de resistencia. Según el relato transmitido por la historiografía local, los corsarios desistieron de continuar el ataque y se retiraron. No hubo una gran batalla ni una victoria militar en campo abierto. El desenlace dependió de una decisión defensiva cuyo efecto pudo ser mucho mayor que el daño causado por el proyectil.

Aquí comienza la parte más intrigante del episodio. ¿Qué vieron o escucharon realmente los atacantes para renunciar a una operación que parecía favorable? ¿Pensaron que el castillo disponía de más hombres y artillería de la que habían calculado? ¿Temieron que la resistencia se prolongara y permitiera la llegada de refuerzos? No podemos conocer con certeza sus pensamientos, pero esas posibilidades ayudan a comprender por qué un disparo podía modificar el curso de una incursión.

La memoria de aquel suceso no desapareció. Durante el gobierno del duque de Lerma, a comienzos del siglo XVII, Dénia mantuvo una tradición conmemorativa vinculada a la protección de la villa. La historia quedó asociada a la procesión conocida como «De quan los moros arribaren al Saladar». El relato de Marc Antoni Palau, recogido en su obra «La Diana desenterrada», escrita en 1643, constituye uno de los testimonios históricos fundamentales para reconstruir el episodio. También se conservan referencias documentales a procesiones celebradas entre 1614 y 1619.

Conviene distinguir, no obstante, entre la incursión histórica y los detalles que el tiempo pudo incorporar a su narración. No está demostrado que los vecinos estuvieran ausentes por una fiesta, ni conocemos con precisión la reacción de cada grupo de atacantes ante el cañonazo. La tradición conserva el desenlace, pero no permite reconstruir todos sus pormenores.

Lo verdaderamente sorprendente es que una operación concebida para aprovechar la debilidad de Dénia terminara en retirada. A veces, en la historia, no hace falta una gran victoria para salvar una ciudad. Basta con que el enemigo dude durante unos instantes. Y en septiembre de 1556, el eco de un cañón pudo ser suficiente para sembrar esa duda y sembrar el miedo en sus filas.

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