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El misterio del pan que camina sobre las cabezas

El “Pa Beneït” de La Torre de les Maçanes conserva un ritual ancestral en el que panes decorados, jóvenes clavariesses y antiguas ofrendas agrarias se unen en una tradición que cada mayo recorre las calles del municipio alicantino

Ángel Beitia
Las clavariesses de La Torre de les Maçanes recorren las calles portando sobre la cabeza los tradicionales panes decorados con flores durante la celebración del Pa Beneït.
Las clavariesses de La Torre de les Maçanes recorren las calles portando sobre la cabeza los tradicionales panes decorados con flores durante la celebración del Pa Beneït.

Cada mes de mayo, en La Torre de les Maçanes, un desfile de grandes panes adornados con flores atraviesa las calles rumbo a la iglesia. A primera vista parece una fiesta patronal más. Sin embargo, bajo la devoción a San Gregoriopervive uno de los rituales agrarios más antiguos y enigmáticos del Mediterráneo valenciano.

Hay fiestas que se celebran. Y hay fiestas que parecen recordar algo que nadie termina de explicar.
En La Torre de les Maçanes, en el corazón de la montaña alicantina, el Pa Beneït se celebra cada 9 de mayo en honor a San Gregorio Ostiense. La tradición local sitúa su origen en 1658, cuando el santo habría librado a la población de una devastadora plaga de langosta. Plagas que han sido consideradas como un castigo, maldición incluso venganzas de bruixes. Desde entonces, el pueblo le ofrece un gran pan bendecido como muestra de gratitud.

Pero la historia oficial apenas explica una parte del relato.
Los estudios más profundos de expertos de antropología e historia que se quedan en los márgenes de los libros, consideran el Pa Beneït una supervivencia de antiguas ofrendas agrarias, probablemente anteriores al cristianismo, que con el paso de los siglos fueron integradas en el culto religioso. No se trata únicamente de una fiesta patronal, sino de una de las escasas manifestaciones conservadas en España de los llamados «panes místicos», rituales medievales vinculados a la fertilidad de la tierra y a la protección de las cosechas.

El protagonista absoluto es el pan. Cada pieza, de varios kilos de peso, se elabora artesanalmente con harina, huevos, azúcar y aceite. Después se adorna con bordados, flores y ramas silvestres hasta convertirse en una auténtica ofrenda ceremonial.

Sin embargo, el verdadero corazón simbólico de la fiesta quizá no sea el pan, sino quienes lo transportan.

Las clavariesses, jóvenes solteras de la localidad, recorren las calles llevando estas pesadas ofrendas sobre la cabeza. La documentación patrimonial destaca que su papel trasciende lo festivo. Diversos especialistas interpretan esta presencia femenina como la pervivencia de antiguos ritos de iniciación, en los que las jóvenes eran presentadas públicamente ante la comunidad en su tránsito hacia la edad adulta. La ofrenda sería, al mismo tiempo, material y simbólica. El pan se entrega al santo; las muchachas se muestran ante la sociedad.

La atmósfera ritual se completa con otro elemento singular: la salvia. En la víspera, los llumeners recogen esta planta aromática en los montes cercanos y cubren con ella el suelo del templo. El aroma impregna la iglesia durante toda la celebración. La costumbre recuerda antiguas prácticas de purificación presentes en numerosos espacios sagrados del Mediterráneo.

Cuando los panes llegan al altar, son bendecidos con agua asociada a las reliquias de San Gregorio y posteriormente repartidos entre vecinos y visitantes. Compartir ese pan significa participar de una tradición que ha sobrevivido durante siglos.

Quizá ahí resida la fuerza del Pa Beneït. En una época donde tantas costumbres desaparecen, este ritual conserva capas superpuestas de historia: la memoria de los agricultores, el eco de antiguos cultos al cereal, la devoción cristiana y el orgullo de una comunidad que sigue caminando detrás de sus panes.

Como ocurre con los grandes misterios de la cultura popular, nadie puede señalar con certeza dónde empezó todo. Pero cada primavera, cuando las clavariesses avanzan por las calles con sus ofrendas floridas, La Torre de les Maçanes vuelve a representar una historia mucho más antigua que sus propios recuerdos.

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