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En las profundidades de la Sierra Calderona, a treinta metros bajo tierra, una cueva húmeda ha sido testigo durante cinco siglos de curaciones que la ciencia, supuestamente, no puede explicar. El Santuario de la Cueva Santa de Altura guarda entre sus paredes de roca viva uno de los últimos milagros marianos documentado en España, un caso de parkinson curado espontáneamente en 1996 que desafía todo conocimiento médico.
El descenso hacia el Santuario de la Cueva Santa de Altura no es solo un viaje físico hacia las profundidades de la tierra, sino una inmersión en los estratos más oscuros de la fe popular valenciana. Cada uno de los escalones que conducen a la capilla excavada en la roca está flanqueado por azulejos con nombres, fechas y rostros de miles de peregrinos que durante casi cinco siglos han acudido buscando lo que la medicina no podía ofrecerles. El aire se vuelve más denso y húmedo, mientras el sonido del agua que brota de las paredes y del techo de la cueva crea una atmósfera que trasciende lo terrenal.
La historia comienza en 1410, cuando Fray Bonifacio Ferrer, hermano del famoso predicador San Vicente Ferrer y prior de la Cartuja de Valldecristo, talló una pequeña imagen de yeso de apenas veinte centímetros de altura. Esta Virgen, con rostro anciano y vestida de viuda con sobretoca, fue regalada a los pastores de la comarca para su culto en el campo. Un siglo después, en 1504, un pastor anónimo tuvo una aparición mariana que le reveló dónde se hallaba aquella talla olvidada en la Cueva del Latonero. La encontró intacta, desafiando el paso del tiempo.
Desde entonces, el santuario se convirtió en epicentro de fenómenos extraordinarios. En 1580, un matrimonio desterrado de Jérica por padecer lepra pasó nueve días en oración continua, lavándose con el agua que brotaba de las paredes. Las crónicas del jesuita José de la Justicia, recopiladas en 1664, documentan cómo ambos recuperaron la salud ante testigos que juraron bajo proceso en 1604. El agua de la Cueva Santa se transformó en remedio milagroso para cegueras, parálisis y males incurables.
Pero el misterio más inquietante ocurrió en 1726, cuando un fenómeno de tipo poltergeist asoló Segorbe: objetos volaban y varias religiosas murieron de forma extraña. Solo al trasladar la imagen de la Virgen en procesión cesaron los sucesos. Ese mismo año, una sequía terrible asoló la región; tras una romería masiva, comenzó a nevar y llover durante una semana, salvando las cosechas. De aquellas rogativas nació la popular canción infantil: «Que llueva, que llueva, la Virgen de la Cueva».
La última curación documentada data de abril de 1996. Josefa Alapont, vecina de Sueca afectada por un párkinson irreversible, recuperó de forma espontánea la movilidad tras frotarse con un pañuelo empapado en el agua del santuario. Hoy, un gran exvoto en cerámica preside la salida, mientras doscientos mil peregrinos continúan visitando cada año este enclave sagrado.
La antropología cultural halla aquí un caso de supervivencia de creencias prerromanas: la cueva como útero terrestre, el agua como purificación y la oscuridad como transformación. Los restos de Fray Bonifacio Ferrer reposan en este paraje junto a la talla que ideó. En las paredes de la escalera, los exvotos acumulados durante quinientos años conforman un mosaico humano de dolor, esperanza y gratitud que consagra a este rincón como uno de los espacios más enigmáticos de la geografía sagrada peninsular.