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En 1798, dos hombres de Castellón fueron ahorcados en Valencia y sus cuerpos, descuartizados, regresaron a los caminos donde la justicia situaba sus crímenes. Durante años, pilares de piedra exhibieron sus restos como advertencia. Hoy apenas queda memoria de aquel episodio, pero sus sombras siguen interrogando a quienes buscan la verdad.
Antes de que los periódicos construyeran la crónica negra, los caminos ya guardaban historias de sangre. En el verano de 1798, dos vecinos vinculados a Castellón, conocidos como Catay y el Rochet, fueron conducidos hasta Valencia para enfrentarse a la justicia. La sentencia los acusaba de robos y muertes, aunque el paso del tiempo ha cubierto de silencio los detalles de aquellos delitos.
Catay era, según la relación conservada, pastor del arrabal de San Francisco. Mientras, El Rochet aparece descrito como labrador del arrabal del Calvario.
Sus nombres quizá fueran apodos, quizá formas populares de identificar a dos hombres cuya verdadera historia quedó ocultada entre documentos judiciales, rumores y memorias locales.
El 18 de junio fueron ahorcados en Valencia. Pero la condena no terminaba con la muerte. Después de la ejecución, sus cuerpos fueron descuartizados y trasladados hacia distintos lugares de la provincia. La justicia quería que los restos regresaran allí donde, según la sentencia, se habían cometido los crímenes.
El verdugo y sus ayudantes llevaron aquellas partes hasta parajes como el barranco de Malvestif, unos olivares del camino de Alcora y un garroferal situado entre los caminos reales de Benicàssim y Borriol. También se mencionan las costas de Oropesa, cerca de la Torre de Bellver, y otros puntos relacionados con Nules y Xilxes.
En algunos lugares se levantaron pilares de piedra. Sobre ellos se colocaron las cabezas y los cuartos de los condenados. No era una escena escondida, destinada únicamente a los jueces o a los familiares. Era un macabro mensaje para todos los viajeros: quien atravesara aquellos caminos debía contemplar el precio de desafiar el orden establecido.
Durante días, quizá durante mucho más tiempo, los restos formaron parte del paisaje. Los campesinos acudían a sus tierras, los arrieros seguían las rutas y los vecinos cruzaban barrancos y caminos reales bajo la mirada de aquellos despojos. La muerte se había convertido en arquitectura y la sentencia, en señal permanente.
Sin embargo, el misterio permanece. La fuente no permite saber cuántas personas murieron, qué papel desempeñó cada acusado ni si ambos actuaron siempre juntos. Tampoco conocemos los nombres de todas las víctimas. La historia conserva el castigo con espantosa precisión, pero apenas conserva las voces de quienes padecieron los delitos.
Por eso, el caso de Catay y el Rochet debe contarse con cautela. Fue, según la relación histórica, un proceso real y una ejecución real; pero sus sombras no autorizan a completar los vacíos con invenciones.
Esta práctica de dejar partes «troceadas» del ejecutado no era nuevo, desde hacía décadas se elegía «lugar de advertencia» las cruces cubiertas de acceso a las ciudades, como la cruz cubierta de la calle San Vicente de Valencia, Mislata, Almassera, Alzira…entre otras, donde se dejaba colgada una parte anatómica, como aviso a maleantes…
Tal vez esa sea la parte más inquietante. Los pilares desaparecieron, los nombres se borraron y los caminos cambiaron. Pero, bajo la tierra de Castellón, todavía permanece la pregunta: ¿qué ocurrió realmente antes de que la justicia decidiera convertir a dos muertos en guardianes de los caminos?