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En 1838, Ramón Cabrera convirtió Morella en el centro de su poder carlista. Durante más de dos años, la ciudad funcionó como capital militar de un territorio en guerra, con administración, hacienda, tropas y órganos de gobierno propios. Cuando cayó ante Espartero, el 30 de mayo de 1840, aquel pequeño Estado desapareció. Con él también se perdieron documentos, bienes y secretos cuyo rastro todavía resulta difícil de seguir.
Morella conserva entre sus murallas la memoria de uno de los episodios más intensos de las guerras carlistas. El 25 de enero de 1838, la fortaleza cayó en manos de los carlistas tras un audaz golpe de mano protagonizado por un reducido grupo de voluntarios. Ramón Cabrera comprendió inmediatamente el valor de aquella plaza y la convirtió en el principal bastión de su poder en el Maestrazgo.
Desde Morella no solo dirigió operaciones militares. Cabrera trató de organizar un territorio bajo control carlista en Aragón, el norte de Valencia y el sur de Cataluña. Cantavieja asumió funciones administrativas y Mirambel acogió la Junta Real de Aragón, Valencia y Murcia. Había que recaudar dinero, conseguir alimentos, fabricar o adquirir armas, pagar soldados y mantener una compleja red de comunicaciones. Durante aquellos años, Morella fue mucho más que una fortaleza: fue el centro de un poder que pretendía sobrevivir a la guerra.
Y es precisamente ahí donde comienza el misterio.
¿Qué ocurrió con los documentos y fondos de aquella administración cuando la plaza cayó?
Sabemos que existieron órdenes, registros, correspondencia y estructuras hacendísticas, pero la guerra provocó la dispersión de buena parte de aquel patrimonio documental. Junto a los papeles viajaban también dinero, armas, objetos de mando y otros bienes necesarios para mantener al ejército.
La tradición popular añadió después un elemento más atractivo: la posibilidad de que parte de aquellas riquezas nunca saliera de Morella. No existe una prueba concluyente de un gran tesoro escondido, pero la desaparición de documentos y bienes alimentó durante generaciones las historias sobre depósitos ocultos y objetos perdidos.
Cabrera había adquirido mientras tanto una dimensión legendaria. Tras resistir el ataque del general Oráa en 1838 y derrotar en Maella a las tropas de Pardiñas, Carlos María Isidro le concedió el título de conde de Morella y el empleo de teniente general. El antiguo guerrillero se había convertido en jefe militar y político de un territorio propio.
Pero aquel poder tenía los días contados.
En mayo de 1840, las tropas de Espartero comenzaron el ataque definitivo contra Morella. El bombardeo fue devastador y la plaza capituló el 30 de mayo. En la rendición fueron hechos prisioneros 2.731 hombres y quedaron en manos del ejército liberal numerosas piezas de artillería, morteros, proyectiles y grandes reservas de pólvora y munición.
Cabrera no estaba allí cuando cayó la ciudad. Se retiró hacia Cataluña y, poco después, cruzó la frontera francesa. Su ejército se deshizo y aquella administración dejó de existir.
Quizá el verdadero secreto de Morella no sea un cofre enterrado bajo sus piedras. Puede encontrarse en algo mucho más valioso para la historia: un documento que todavía no ha sido localizado, una moneda cuyo origen se desconoce o un registro capaz de revelar cómo funcionó aquel efímero poder carlista.
Porque cuando cayó Morella no desapareció solamente un ejército, sino una última pregunta: ¿cuánto de aquel tesoro de Cabrera desapareció realmente cuando cayó Morella?