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A los pies del imponente macizo del Penyagolosa, se encuentra el Santuario de Sant Joan de Penyagolosa, uno de los enclaves históricos más emblemáticos del interior de la Comunidad Valenciana. Durante siglos fue hospital de caminantes, refugio de peregrinos y centro de devoción para los pueblos de la comarca. Sin embargo, su importancia trasciende la historia escrita. A su alrededor ha sobrevivido un conjunto de tradiciones orales que han convertido este lugar en uno de los escenarios más evocadores del patrimonio legendario valenciano.
Los orígenes del santuario se sitúan en el siglo XIII, poco después de la conquista cristiana del territorio. Las primeras referencias documentales hablan ya de un hospital destinado a ofrecer cobijo a quienes atravesaban estas montañas, un servicio imprescindible en una época en la que los caminos podían convertirse en una auténtica prueba de resistencia. A lo largo de los siglos, el edificio fue ampliándose hasta formar el complejo actual, donde conviven elementos góticos, renacentistas, barrocos y neoclásicos.
La vida del santuario siempre estuvo ligada a las grandes romerías. Desde localidades como Les Useres, Xodos, Culla, Vistabella o Puertomingalvo partían cada año largas peregrinaciones para implorar lluvia en tiempos de sequía, protección frente a las epidemias o prosperidad para las cosechas. Entre todas ellas destaca la de Els Pelegrins de Les Useres, considerada una de las manifestaciones religiosas más antiguas y singulares de la Comunidad Valenciana. Trece peregrinos recorren más de treinta kilómetros siguiendo un ceremonial transmitido desde la Edad Media, marcado por el silencio, la oración y una estricta disciplina que apenas ha variado con el paso del tiempo. Más que una simple caminata, constituye un auténtico viaje al corazón de las antiguas rogativas medievales.
Pero si la historia explica el origen del santuario, es la tradición oral la que ha alimentado su dimensión más enigmática. Desde hace generaciones circulan relatos sobre campanas que parecen sonar en determinadas noches sin que nadie consiga localizar el campanario del que proceden. Algunos atribuyen el fenómeno a los efectos acústicos provocados por el relieve montañoso; otros prefieren pensar que pertenecen a un antiguo templo desaparecido cuyo recuerdo se resiste a desaparecer. Ninguna explicación ha logrado desterrar por completo la leyenda.
Los bosques que rodean el santuario también han dado origen a numerosas historias. Pastores y caminantes hablaban de pequeñas luces que se deslizaban entre los árboles en las noches más oscuras. Hoy sabemos que determinados fenómenos atmosféricos pueden producir efectos luminosos difíciles de interpretar, pero durante siglos aquellas luces fueron consideradas señales de almas errantes o presencias protectoras que habitaban el monte. Del mismo modo, la niebla, frecuente en estas altitudes, ha alimentado testimonios sobre figuras humanas que aparecen fugazmente entre la bruma para desvanecerse unos instantes después, sin dejar rastro alguno.
Tampoco faltan las creencias asociadas al propio santuario. La tradición sostenía que pasar allí una noche de oración otorgaba protección frente a las enfermedades y las desgracias del año venidero, motivo por el que muchos peregrinos prolongaban su estancia más allá de la romería. Eran tiempos en los que la fe y las antiguas creencias populares convivían con absoluta naturalidad, dando lugar a un universo simbólico donde lo cotidiano y lo extraordinario apenas estaban separados por una fina línea.
Quizá esa sea la verdadera singularidad de Sant Joan de Penyagolosa. Los documentos permiten reconstruir su historia con bastante precisión, pero no alcanzan a explicar por qué, generación tras generación, este lugar continúa despertando la misma mezcla de respeto, fascinación y misterio.