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Cuando el cerebro se equivoca: cómo las expectativas pueden cambiar nuestro día

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Cuando el cerebro se equivoca cómo las expectativas pueden cambiar nuestro día./ Esther Lluch
Cuando el cerebro se equivoca cómo las expectativas pueden cambiar nuestro día./ Esther Lluch

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Imagina que mañana tienes una reunión de trabajo importante. Son las diez de la noche y estás tranquilamente en casa. No existe ningún peligro real. Sin embargo, si empiezas a pensar que algo va a salir mal, tu cuerpo puede comenzar a reaccionar como si la amenaza ya estuviera presente.

Durante mucho tiempo se creyó que el cerebro funcionaba como un simple receptor de información: ocurría algo y después reaccionaba. Hoy sabemos que funciona de una forma mucho más sofisticada. El cerebro es, en gran medida, una máquina de predicción.

Su trabajo consiste en anticipar qué puede suceder para preparar al organismo con antelación. Por ejemplo, la frecuencia cardíaca puede aumentar antes de una competición deportiva y el cuerpo puede empezar a movilizar energía antes incluso de iniciar el ejercicio. El cerebro intenta adelantarse a las necesidades futuras.

El problema aparece cuando las predicciones son erróneas.

Si el cerebro interpreta que una situación futura será amenazante, puede activar una respuesta fisiológica antes de que ocurra. Aumenta la frecuencia cardíaca, se incrementa la tensión muscular y se libera cortisol, una de las principales hormonas relacionadas con el estrés. Lo más llamativo es que esto puede suceder aunque la amenaza nunca llegue a materializarse.

La evidencia científica respalda este fenómeno. Un metaanálisis que analizó más de 200 estudios encontró que las mayores elevaciones de cortisol aparecen cuando las personas sienten que van a ser evaluadas por otros y perciben poco control sobre la situación. Es decir, la forma en que anticipamos un acontecimiento puede influir en nuestra respuesta biológica.

Esta capacidad predictiva también ayuda a explicar el llamado efecto nocebo. Cuando una persona espera consecuencias negativas, puede experimentar más dolor, ansiedad o síntomas físicos, incluso sin una causa biológica proporcional que los explique.

La buena noticia es que el cerebro también aprende. Por eso, una de las estrategias más eficaces para reducir el estrés anticipatorio consiste en cuestionar nuestras predicciones y contrastarlas con la realidad. Porque, en muchas ocasiones, nuestro cuerpo no responde únicamente a lo que sucede, también responde a lo que el cerebro cree que está a punto de suceder.

 

 

 

Sobre el autor

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Esther Lluch

Científica Biomédica

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