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Cuando era niña y adolescente, había un programa detelevisión muy comentado llamado La clave. En él, tras ver una película,debatían con educación acerca de temas de actualidad. Sin quitarse la palabraunos a otros, gritarse ni insultarse, al menos que yo recuerde. Nada parecido,por cierto, a la mayoría de debates televisivos que vemos hoy en día.
Por eso, sime hablaban de “claves”, me venía a la cabeza el programa de televisión o la clavede sol con la que empezaban los pentagramas -o de fa, conforme se avanzaba enel solfeo-. También lo relacionaba con un instrumento de percusión que usábamosen el colegio para acompañar villancicos y otras canciones. Pero eso es -nuncamejor dicho- otro cantar.
Ahora seutiliza el término “clave” como si fuera el comodín del público de un programaconcurso para interpretar o justificar cualquier cosa que se diga, por absurdaque parezca. Y, por supuesto, llegado el tiempo en que vamos a tener que votarhasta cuatro veces, ahora todo se ha de interpretar el clave electoral. Como sieso fuera una patente de corso.
La verdad esque mal están las cosas cuando se tienen que reinterpretar acudiendo adeterminadas claves, como si estuviéramos ante un jeroglífico y necesitáramosla piedra Roseta. Es más, mal están las cosas cuando necesitan algún tipo de interpretación.
Se suponeque quienes trabajan con las palabras, especialmente si se trata de políticos,deberían de hablar claro. Lo suyo sería que se expresaran en tales términos queno hiciera falta interpretación alguna, ni en clave electoral ni en ningunaotra. Pero nos estamos acostumbrando a que no digan nada, que no se entienda loque dicen, o que no nos guste y haya que verlo de otra manera. Mal encualquiera de los tres casos.
Yo no quierotener que interpretar nada. Quiero saber qué es lo que ofrecen, qué es lo que pretendenhacer y cómo van a conseguirlo. Para podérselo reclamar luego, si llegan alpoder y hacen lo contrario. Porque el voto debería ser la garantía que nos déderecho a reclamar si, como dice la propaganda de los grandes almacenes, nohemos quedado satisfechos.
Señoras yseñores políticos, vienen tiempos duros. Tiempos en que vamos a tenernos quever las caras una y otra vez a uno y otro lado del televisor, de los periódicoso de las pantallas de nuestros dispositivos. No nos lo pongan más difícil, que bastantetenemos con lo que hay. Y ustedes, señorees y señoras comentaristas,tertulianos, o periodistas de cualquier signo -o mejor aún, de ningún sitio- ayudenun poquito. No nos vengan con claves para explicarnos que la tierra no esredonda.
No nos tomenpor tontos. Ni por tontas, claro está.