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La imagen popular de la bruja en la Europa moderna suele ser femenina: una mujer mayor, marginal o curandera de aldea. Sin embargo, los archivos del Santo Oficio en la Comunitat Valenciana dibujan un panorama mucho más complejo. Junto a las numerosas mujeres acusadas de brujería, aparecen también hombres que mezclaban la devoción cristiana con prácticas ilícitas, algunos de ellos pertenecientes al propio clero.
Los procesos inquisitoriales conservan nombres que parecen extraídos de una novela gótica: Juan de Chaves, Damián Andrés, el tintorero Pedro Gregorio, el presbítero Nicolau Gerni, el canónigo turolense Miguel Maestro y el fraile menor Antonio Rodríguez. La expresión con la que algunos fueron descritos resulta reveladora: hombres que parecían vivir una doble existencia, en la que la sotana y el conjuro convivían sin aparente contradicción.
No eran personajes marginales. Al contrario. Nicolau Gerni era presbítero, Miguel Maestro canónigo y Antonio Rodríguez fraile menor, figuras plenamente integradas en la jerarquía eclesiástica. Su condición les otorgaba una autoridad difícil de cuestionar entre una población que buscaba soluciones desesperadas para enfermedades incurables, amores imposibles, enemigos a los que vencer o negocios. En ese contexto, un sacerdote que afirmaba conocer secretos más allá de la oración resultaba especialmente atractivo.
Los expedientes inquisitoriales describen diversos rituales. Por un lado, recurrían a elementos propios de la liturgia católica: misas, agua bendita, crucifijos, reliquias y oraciones oficiales. Por otro, incorporaban prácticas prohibidas: invocaciones demoníacas, pactos implícitos o explícitos, amuletos cargados de intención mágica y conjuros escritos en pequeños papeles ocultos.
La presencia de eclesiásticos no fue exclusiva de Valencia, aunque en el antiguo Reino adquirió características propias. En una sociedad marcada durante siglos por la convivencia —y también por el conflicto— entre cristianos, judíos y moriscos, la magia se convirtió en un lenguaje compartido por personas de muy distinta condición. Un fraile que realizaba rituales prohibidos no resultaba, para la imaginación popular, tan diferente de una morisca que preparaba brebajes o de una curandera que ataba cintas y nudos para romper un maleficio. Lo que para la teología constituía una grave herejía, para muchos vecinos no dejaba de ser otra forma de acceder a un poder extraordinario.
La persecución de estos brujos con sotana revela, además, las tensiones internas de la propia Iglesia. Procesar a un sacerdote o a un canónigo por prácticas mágicas suponía reconocer que el peligro no procedía únicamente del exterior, sino que podía ocultarse también entre quienes administraban los sacramentos. Algunos de estos procesos quedaron relegados a discretos legajos que hoy, releídos con perspectiva histórica, poseen el inquietante atractivo de una novela negra.
Imaginar a Nicolau Gerni o a Miguel Maestro alternando entre el altar y los rituales prohibidos obliga a replantear el estereotipo tradicional de la brujería valenciana. No fueron únicamente mujeres humildes las que ocuparon los tribunales inquisitoriales. También hubo hombres revestidos de autoridad religiosa que, según las acusaciones conservadas, utilizaron el prestigio de la palabra sagrada para adentrarse en un terreno que la Iglesia consideraba intolerable. En sus vidas, al menos según reflejan los procesos, Dios y el diablo aparecían como dos fuerzas cuya proximidad podía explotarse en beneficio propio.
Y es precisamente esa mezcla de documentación histórica y misterio la que convierte estos casos en uno de los episodios más sorprendentes de la Valencia inquisitorial: la posibilidad de que algunos hombres de Iglesia llegaran a encender, simbólicamente, una vela a Dios y otra al diablo.