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El 10 de octubre del año 1932, escribe Azorín en el diario Luz de Madrid, recordando su estancia pasada en la ciudad Valencia y señala:
Fueron mis iniciadores en el periódico Teodoro Llorente, Vicente Blasco Ibáñez -tan férvido y generoso- con quien me unió una fraterna amistad que llegó hasta su muerte.
En otra ocasión da cuenta también que:
Cual en Valencia fue maestro mío en periodismo don Francisco Castell, era Castell el director del periódico El Mercantil Valenciano.
Teodoro Llorente visto por Azorín
En el libro Valencia del año 1941, es donde Azorín presenta y describe al periodista y director del periódico Las Provincias de Valencia Teodoro Llorente:
Teodoro Llorente Olivares: poeta, historiador, periodista, traductor de Goethe, amigo de Mistral. Hombre recio, barba corta y espesa, facciones abultadas, ojos mates, movimientos lentos, sosegados, que denotan reflexionar y resolver despacio. Llorente, en su periódico (Las Provincias), escribe cortos y compendiosos artículos. Leerlos es tener ya un juicio definitivo de las cosas.
En la noche callada, cuando todos los ruidos de la ciudad se han desvanecido, un hombre escribe. La mancha verde de una pantalla y la nota carnosa de una frente pensadora. Todo lo demás en oscuridad. Debe haber en la sombra libros abondo, libros en estantes, libros en las sillas. La pluma va lenta y segura por el papel. No queremos que haya tropiezos, ni detenciones. Esta prosa clara de Llorente -que a otro día a ha de leer un público selecto- se produce sin tachaduras ni manchones en las cuartillas.
Llorente era el alma de un resurgir poético en Valencia. Sabia dar a sus versos acentos tiernos y patéticos […] En el poeta la frente era lo singular. Se veía en ese pedazo de faz todo el poeta, todo el historiador, todo el humanista. Las Provincias era un periódico conservador y su clientela, escogida. Podían estar seguros cuantos leían los breves, sintéticos y precisos artículos directoriales -Llorente dirigía el periódico- de que tenían un guía seguro. Hombre de tal frente no podía engañar jamás.
Llorente escribe. Un hilo invisible va desde él, en el presente, hasta el pretérito remoto. Ese hilo señala la estirpe de humanistas valencianos. Teodoro Llorente es el último de ellos en el tiempo. Desde Juan Luis Vives se va bajando de escalón en escalón hasta el poeta. Y con Honorato Juan, el maestro del príncipe Carlos, hijo de Felipe II, Alfonso de Virués, padre de Cristobal, recomendado por Vives a Erasmo, Rafael Martín de Viciana, historiador infatigable y autor de ese librito tan curioso que se titula: Alabanzas de las lenguas, y en fin, el magno don Gregorio Mayans y Ciscar, que desde su casa de Oliva tanto ha hecho por los clásicos castellanos.
La mancha verde de la lámpara resalta en lo tenebroso. La puerta se ha abierto y tras un segundo -después del aviso de la visita-, ante Llorente está un joven que le tiende una carta. La emoción le sobrecoge. De todos los sentimientos que puede inspirar un hombre, acaso el más raro- en especial si se trata de un artista- es el respeto. Hombres que inspiren admiración hay muchos, que muevan a cariño igualmente. El respeto es rarísimo. Y la impresión que este joven primerizo en las letras, ha tenido al encontrarse frente al hombre que estaba escribiendo, bajo la verde pantalla, es la de un respeto profundo. La carta está en la mano de Llorente que la va leyendo con lentitud. Todo calla en la noche, Todo es ansiedad en este mozo que espera inmóvil.
Intentó infructuosamente Azorín colaborar en el diario Las Provincias que dirigía Teodoro Llorente. Es recomendado a Llorente, pero José Luís Torres Murillo nos da cuenta que: “Azorín no escribió en Las Provincias sin embargo, siente una admiración decidida por Llorente, expresada en varias de sus obras. Según Marcolán -citado por José Alfonso-, Azorín envió un artículo al director de Las Provincias, cuando ocupaba este puesto el poeta Jacinto Labaila, y no se lo publicaron”.
Según José Luís Torres Murillo. “Azorín, periodista”: (“Gaceta se la Prensa Española”, número 113, noviembre-diciembre de 1957). después escribe en El pueblo y por fin en el Mercantil Valenciano, donde hace crítica teatral.
Blasco Ibáñez visto por Azorín y el periódico El Pueblo
El Pueblo era un periódico fundado por Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), valenciano, escritor, diputado de Unión Republicana por Valencia.
Azorín ha descrito con todo detalle a Blasco Ibáñez en uno de los capítulos del libro Valencia, declara que:
Blasco Ibáñez era un mozo fuerte, sanguíneo, la barba ébano y los ojos relampagueantes. Tenía siempre la sonrisa en los labios y el che en el aire […] Trabajaba incansablemente. Con la tirilla desabrochada, la camisa abierta y los brazos remangados o bien en camiseta los días estivos, como le ha retratado un pintor, Fillol, fabricaba cantidad de prosa clara y enérgica.
Nuestras estéticas se oponían. Como manifestara yo, años adelante, esta discrepancia, las relaciones cordiales que nos ligaban se enfriaron. Volvieron a ser cálidas y sinceras años después. Leí con interés sumo las primeras novelas de Blasco Ibáñez: Arroz y tartana, Entre naranjos, Cañas y barro, La barraca, novelas valencianistas, sin tesis parcializantes. Se abría con ellas un mundo nuevo para mí. Viviendo en Valencia, venido a Valencia desde un país montuoso y desnudo, el paisaje valenciano no se me había revelado aún. Se ha dicho que el paisaje lo hace el artista. Y es mucha verdad. Blasco Ibáñez ha creado la Naturaleza valenciana. Encantado, embelesado -venciendo la frecuente acirología del novelista- yo contemplaba los espectáculos desconocidos que se me presentaban. De lo particular en que estaba yo sumido pasaba -durante unas horas- a lo general. El paisaje en las de Blasco Ibáñez pintado a grandes rasgos, impetuosamente. La manera de pintar de su lector era con pinceladas breves.
Azorín escribe en El Pueblo unos artículos ateos y materialistas. “A Blasco Ibáñez le sedujo el estilo del joven escritor. Azorín publicó en El Pueblo con el pseudónimo de Ahrimán, varios artículos crudamente anarquistas. Tanto que Blasco Ibáñez canceló la colaboración”. (Según afirma Santiago Riopérez y Mila en Introducción al libro Valencia de Azorín. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid. 1995).
La colaboración de Azorín en El Pueblo, periódico republicano fue corta, comenzó el 2 de enero de 1895, con el artículo “Valencia al vuelo”, sigue el 25 de marzo de 1895 con “Los últimos estrenos de Echegaray y Clarín” y el 6 de mayo de 1895 con “Las ilusiones perdidas” que es uno de sus primeros cuentos, (Extraído de Santiago Riopérez y Mila en Introducción a Valencia de Azorín. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid. 1995).
Lee ahora Azorín cada vez más. Por entonces encontró Las flores del mal del francés Baudelaire, es el libro que más le ha influido y según su propia confesión le dejó completamente abstraído.
También le influye bastante en este momento Madame Bovary, novela del francés Gustave Flaubert.
Francisco Castell y el periódico El Mercantil Valenciano
El director del periódico El Mercantil Valenciano era Francisco Castell, Azorín lo muestra en un capítulo titulado Castell, de su libro memorativo Valencia:
No recuerdo ya en qué era doctor don Francisco Castell, si en Derecho, en Filosofía y Letras, o en Ciencias. Pero este personaje tan solemne en la fotografía, era un niño. Pocos hombres tan afables y de tal llaneza.
¿Es un sueño o una realidad todo lo referente a mi paso por esta Redacción?. La redacción e imprenta de El Mercantil Valenciano estaban instaladas en un viejo caserón de una callejita corta, a espaldas del teatro Principal. El zaguán se abría espacioso y al fondo se mostraba la escalera. En el piso principal había un salón con dos balcones y en él una mesa larga, la mesa del trabajo en común. Y lo que me produce un ligero vértigo es el no saber, si a la tarde, a primera hora, cuando todavía no ha llegado nadie a la Redacción, estoy yo aquí, repasando el montón de periódicos llegados […] No puedo decir ni cómo llegué hasta la mesa de la Redacción de El Mercantil, ni cómo salí de la Redacción. Todo como un sueño. Todo con las soluciones de continuidad que se dan en los sueños […] En la Redacción, no sé a qué hora, charlan en pie, junto a la larga mesa, varias personas. El Mercantil Valenciano tiene en Valencia su principal clientela entre los universitarios. A la Universidad o a sus aledaños pertenecen algunas de estas personas que ahora discuten animadamente […] Diríase que la polémica se había entablado tan sólo para que don Paco Castell, caídos los pantalones, descuidado en su arreo personal, vivísimo en su comprensión de las cosas, pronunciara las cuatro palabras resolutorias.
A la izquierda, en el zaguán de la casa., se veía una corta escalera que conducía a un despachito del entresuelo. Después de media noche, a la madrugada, escribía yo en ese despachito mis críticas teatrales, que enviaba directamente a la imprenta. Fuí yo crítico de teatros en El Mercantil una breve temporada. Ví en aquellos días representar por Ricardo Calvo, excelente actor, en el teatro Princesa, La de San Quintín, de Galdós. Galdós era venerado en la casa. no sé cómo, ni con qué motivo, ni cuando, salí del periódico. ¿Hubo acaso en mis críticas inesperadas acrimonias para quien recibía tributo de admiración en la casa?. Sospecho que mi trabajo no gustaba a la clientela docente. El orden y la gravedad universitarios no podían compaginarse con mi escribir desenvuelto. Se me desembarcó apresuradamente de la nave como se desembarca al polizón en el primer puerto, Y otra vez pesaba fatídicamente sobre mí el rótulo en letras de bronce, puesto en el dintel de la Universidad: Universidad Literaria.
La colaboración de Azorín en el Mercantil Valenciano, abarca tres críticas teatrales -La loca de la casa de Galdós, el 13 de febrero de 1894; La huelga de hijos, de Enrique Gaspar, el 16 de febrero de 1894 y La de San Quintín, de Galdós, el 1 de marzo de 1894. También hará dos críticas de libros: Los anarquistas, notas de un libro ajeno, el 18 de abril de 1894, y Un nuevo libro, el 24 de abril de 1894. Todos los artículos están firmados con el pseudónimo Ahrimán, que adopta este mismo año y que significa “La diosa del mal”.
La revista “Las Bellas Artes”
Pocos meses después de su trabajo en El Mercantil Valenciano comienza Azorín una nueva colaboración, en “ la Revista “Las Bellas Artes” que publicaba la sociedad recreativa valenciana “Fum-Club”. El primer número de este semanario ilustrado apareció el 7 de julio de 1894, y en el Consejo de Redacción, entre otros, figuraba José Martínez Ruiz, que era miembro de la Asociación de Escritores y Artistas de Valencia. Colaboraron también en la misma, los hermanos Baroja -Pío y Ricardo-. El joven Azorín ensayó en ella la crítica teatral, -que ya había iniciado en “El Mercantil”-, a través de una titulada “Desde el foro” y que firmaba con el pseudónimo -desconocido hasta hoy por la bibliografía azoriniana- de Don Abbondio”. (Santiago Riopérez y Mila. Introducción a Valencia de Azorín. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid. 1995).
No puede extrañar a nadie que Azorín se planteará seriamente y analizará su situación personal y profesional dentro de la sociedad, su vocación íntima y personal, su forma de vida a seguir. Se encontraba en una situación personal muy difícil, en una encrucijada complicada. En este momento, tras las experiencias periodísticas y universitaria negativas en Valencia buscará probar fortuna en otra sociedad distinta y esa sociedad nueva e incierta será Madrid.
Francisco Roger Garzón.
Doctor en Filosofía y Académico de la R.A.C.V.