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El periodista F. P. Puche escribe un artículo en el diario Las Provincias de Valencia, el 2 de marzo de 2017, declarado 2017, año Azorín. Se trataba de conmemorar en el artículo la figura del gran periodista y gran escritor que fue Azorín, en el momento mismo en que se cumplían 50 años de su muerte. Y alude Puche a modo de presentación que:
“José Martínez Ruiz, “Azorín”, nació en Monóvar (Alicante) y entre los 13 y los 23 años vivió en Valencia, donde estudió Derecho, vivió en cinco casas de huéspedes y frecuentó todos los tugurios, tertulias y redacciones que le fue posible, incluido el salón morisco del Café de España. Iconoclasta y rebelde, se dice de él que llevaba un paraguas rojo para llamar la atención; pero eso era en Madrid, donde hay que esforzarse mucho para sobresalir. En Valencia se sintió anarquista y comenzó a publicar en 'El Pueblo', cuando su fundador todavía no lo había puesto a la venta. Con veinte años, el Ateneo Literario de Valencia le escuchó una tarde con gran respeto; muchos años después, tras una guerra civil que siguió desde París, el maestro Azorín escribió emocionado sobre el diario que había conocido en su juventud, y sobre su director: «Llorente, en su periódico, escribe cortos y compendiosos artículos. Leerlos es tener ya un juicio definitivo de las cosas»”.
Comencemos nosotros con la indagación de los pasos y las preocupaciones del joven Azorín en Valencia, sus deseos de ser periodista y escritor en sus difíciles inicios en la capital valenciana. La voz de Azorín reflejada en su escritura nos acompañará.
Azorín hizo el bachillerato en Yecla
Yecla es una población de la provincia de Murcia, cercana a Monóvar, población natal de Azorín.
En Yecla estudió Azorín el bachillerato con los padres escolapios, durante ocho años, fue entre los años 1880 y 1888.
En su libro Las confesiones de un pequeño filósofo, publicado en 1904, es donde cuenta Azorín su vida en el internado escolapio, que le influye profundamente.
Una de sus experiencias gratificantes adquiridas en el internado es su amor a la Naturaleza, del que da cuenta en el capítulo X de su libro Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), y lo expresa de este modo:
Y hay aquí, en esta llanura grata, frente por frente de las ventanas del estudio, una casa pequeña, cuyas paredes blancas asoman por lo alto de una floresta cerrada por una verja de madera. Desde mi pupitre, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, ocho años he estado empapándome de esta verdura fresca y suavísima, y contemplando esta casa misteriosa, siempre en silencio, escondida entre el boscaje. Y esta visión continua ha sido como una especie de triaca de mis dolores infantiles; y esta visión continua ha puesto en mí el amor a la Naturaleza, el amor a los árboles, a los prados mullidos, a las montañas silenciosas, al agua que salta y surte hilo a hilo en los hontanares.
Situémonos ahora nosotros y avancemos con cierta precaución para evitar la confusión. Azorín (1873-1967), vivió noventa y tres años, pues bien, hemos de diferenciar con cuidado los hechos reales vividos por José Martínez Ruiz “Azorín” hace más de cincuenta años y los hechos a posteriori recordados y publicados sobre todo en los libros Valencia (1941) y Madrid (1941) y otros libros suyos. Azorín es un autor con al menos cinco libros o más de memorias o autobiografías sui generis. Iniciemos ya sin dilación y escuchemos las palabras de Azorín.
La vida de Azorín en Valencia
En las tres primeras líneas de su libro Valencia (1941) escribe literalmente Azorín recordando la tierra valenciana:
Ni “campos de soledad”, ni “mustio collado”; un llano alegre con naranjos simétricos y gente afanosa que cosecha las doradas esferas.
Y termina este primer capítulo del libro presentando su visión de Valencia y sus vivencias en ella, unas alegres y otras penosas y tristes, pero aquí, comenzó su formación de periodista y de escritor y como ocurre en casi todos los comienzos, estos son difíciles, dirá a este respecto:
Campo de naranjos y gente afanosa. Aquí fue Valencia. En este mismo ámbito -el Turia corre por el naranjal, el azul Mediterráneo se columbra-; en este mismo ámbito hemos experimentado hace cincuenta años sensaciones de juventud, con voluptuosidad unas, y otras las hemos sufrido penosamente, como se ingiere pócima acerba.
La vida de estudiante en Valencia
El joven José Martínez Ruiz, después de hacer el bachillerato en Yecla pasa a estudiar Derecho en la capital valenciana y da cuenta de que:
Fui a Valencia teniendo quince años, en el otoño de 1888; estuve en Valencia, con las naturales intermitencias veraniegas, unos ocho años; estudié en las aulas valencianas casi toda la carrera de Derecho; tuve maestros inteligentes y buenos… Ahora lo veo todo como en un sueño… Palabras en Breve parlamento de Azorín a sus conterráneos de Valencia, con motivo de que el Ayuntamiento de Valencia rotula con su nombre, una de sus más hermosas calles, la llamada Literato Azorín, en octubre de 1932.
El 5 de febrero de 1936, en el periódico “Ahora” de Madrid, publica Azorín un artículo titulado “Un estudiante en Valencia. Derecho Político” afirmará aquí que:
Largas horas, largos días, meses y meses, he pasado en la vastedad silenciosa de esa biblioteca con los estantes alambrados… En Valencia, la voluptuosa, el sentido de lo concreto, había de arraigar en mí…”.
En su libro “Postdata” de 1959, en la parte final de su vida, vuelve a incidir Azorín en que:
“Si yo tuviera que resumir mi vida mental desde los cuatro años (1877) hasta el momento actual (1959) lo haría en dos palabras: lo concreto. Y aclararía: necesidad de lo concreto, del hecho definido, de las cosas tangibles. Detesto la disertación vaga”. Citado por Santiago Riopérez y Mila en Introducción al libro Valencia de Azorín. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid. 1995.
El sentido de lo concreto, supone un escribir minucioso, prosa clara, sencilla, señalando los más mínimos detalles de las cosas concretas, adjetivos precisos, frases cortas, esta será su forma de escribir, un nuevo estilo e inconfundible, que empleará Azorín en su extensa e importante obra.
La gramática de don Vicente Salvá y la conciencia del tiempo
En carta a José María Martínez Cachero, amigo y crítico literario, fechada el 16 de noviembre de 1960, escribía Azorín: “[…] a los doce (años) (sic) fui a estudiar a Valencia y allí leí Las flores del mal y Madame Bovary. Despertaba al sentido diferencial, hostil si se quiere”.
En la Introducción al libro Las confesiones de un pequeño filósofo de Azorín escribe José María Martínez Cachero:
“Dos libros sobre todo, Madame Bovary y Les fleurs du mal, constituirán poderosos estímulos para la rebeldía contra la norma literaria vigente; junto a ellos, la Gramática de don Vicente Salvá, “prestidigitador habilísimo con los tiempos de un verbo. Amara, amaría, amase. Todo es uno y lo mismo, los tiempos son inseguros porque creación humana son el pasado, el presente y el futuro; no hay más que un tiempo, el Tiempo, que acaba destruyéndolo todo. De este libro con la pasta raída, puesto encima de la mesilla de noche en la habitación que ocupa José Martínez Ruiz en una posada de la calle Bonaire, va a salir “la conciencia de tiempo, conciencia dolorosa” que ha de dominarle para siempre”.
En el capítulo 1 de su libro Madrid (1941) escribe Azorín lo que es el tiempo para él:
Y sin embargo, una íntima sensación me conmueve. El presente de hace cincuenta no se ha convertido en pretérito. Nada se ha desvanecido en el tiempo. Tengo la certidumbre honda, inconmovible, de que todo es presente. No hay más que un plano del tiempo, y en ese plano ---presente siempre--- está todo. Junto a nosotros presentimos como presentes el pasado y lo futuro. ¡Y no podemos apartar un poquito el velo que nos oculta el gran misterio! Si algún motivo para la serenidad espiritual tengo en esta casa. Lejos del mundanal bullicio, olvidado de todos, sin que nadie se acuerde de mí, en esta sensación de eternidad presente. Eternidad en que todos ---los de antes y los de ahora, los de hace diez mil años y los actuales, los olvidados y los famosos, los que no son nada y los que son prepotentes--- estamos todos a la par, viviendo el mismo tiempo, siendo unos y otros todo, o no siendo nadie nada. Nada en la inmensa eternidad que nos envuelve a todos.
El rótulo de “Universidad Literaria”
A Azorín no le gusta este rótulo en el dintel de la puerta de la Universidad Literaria de Valencia, más bien le irrita, incluso le indigna. ¿Por qué? La explicación la hallamos en la magnífica Introducción de José María Martínez Cachero que hace al libro Las confesiones de un pequeño filósofo expresando que:
“El rótulo de “Universidad Literaria” que campea en la puerta del edificio que se abre a la valenciana calle de la Nave, le irrita grandemente”, y pasa a citar a Azorín al respecto:
“¿Qué especie de literatura oficial es la aludida por el burocrático epígrafe? Con la irritación, la rebeldía y, de consiguiente, el empeño en pro de una estética innovadora: “la oposición -mi oposición- entre el letrero del dintel y la literatura creadora era manifiesta. De esa pugna, nunca anulada, nunca aplacada, había de nacer en mí toda una estética”. (Escribe Azorín en el capítulo X del libro Valencia). (Continuará).
Francisco Roger Garzón.
Doctor en Filosofía y Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana.