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Las Carasses de Petrer: el misterio que se esconde bajo la máscara

El origen de esta tradición de máscaras y burlas sigue sin una respuesta definitiva pese a los documentos del siglo XIX

Ángel Beitia
Participantes de las Carasses durante la fiesta de Petrer.
Participantes de las Carasses durante la fiesta de Petrer.

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Cada octubre, cuando las fiestas patronales en honor a la Virgen del Remedio ya han terminado, Petrer cambia de rostro. Las calles se llenan de personajes enmascarados, vestidos con ropas viejas y cubiertos con caretas grotescas. Nadie debe reconocerlos. Al ritmo de la dolçaina y el tabal recorren el pueblo, provocan a los vecinos, imitan gestos, lanzan burlas y convierten durante unas horas la plaza y las calles en un territorio donde las reglas parecen suspendidas.

Son las Carasses, una de las tradiciones más singulares del interior de Alicante. Y bajo su apariencia festiva se esconde una pregunta que todavía no tiene una respuesta definitiva: ¿de dónde procede realmente esta costumbre?

Las primeras noticias documentales claras son del siglo XIX. En 1830, durante las celebraciones dedicadas a la Virgen del Remedio, ya se habla de bailes acompañados por dulzaina «según es costumbre desde inmemorial». En 1874aparecen referencias explícitas a las máscaras. Sin embargo, la investigación local ha relacionado las Carasses con tradiciones anteriores y ha situado su posible origen en el siglo XVII, en el contexto de la repoblación de Petrer posterior a la expulsión de los moriscos. La hipótesis resulta sugerente, pero no existe un documento del siglo XVII que describa directamente las Carasses tal como hoy las conocemos.

Y ahí comienza el misterio.

Las Carasses forman parte de una familia más amplia de fiestas de enmascarados documentadas en diferentes localidades alicantinas. La máscara permite desaparecer durante unas horas y, paradójicamente, recuperar una libertad que el rostro cotidiano no permite. Bajo ella se puede insultar, parodiar, imitar al poderoso o convertir en objeto de burla aquello que normalmente exige respeto. La identidad desaparece y con ella, temporalmente, desaparecen algunas jerarquías.

Ese carácter transgresor explica también que las máscaras hayan provocado históricamente recelos. Las autoridades religiosas y civiles llegaron a combatir determinadas manifestaciones de este tipo por el anonimato, las burlas y los problemas de orden público que podían generar. En Petrer, las Carasses fueron prohibidas en 1962. Cuando regresaron en 1979, los participantes tuvieron incluso que identificarse ante la policía local. La máscara seguía teniendo algo inquietante: permitía ser otro sin revelar quién se escondía detrás.

Los estudios antropológicos han planteado para estas celebraciones un posible sustrato pagano relacionado con antiguas fiestas agrarias y con el calendario tradicional. Pero no sabemos qué rito concreto pudo existir antes de la tradición cristiana. Tampoco sabemos si las Carasses conservaron conscientemente un significado antiguo o si fueron transformándose con el paso de los siglos.

Quizá ahí resida su verdadero misterio. No en haber encontrado bajo las máscaras un culto perdido, sino en comprobar que una costumbre cuyo origen se nos escapa continúa repitiendo gestos que sobrevivieron a prohibiciones, cambios sociales y generaciones enteras.

Cuando la música comienza y los rostros desaparecen, Petrer recupera por unas horas algo que pertenece a un tiempo difícil de nombrar. Las máscaras ocultan a las personas, pero también parecen conservar una memoria. Quizá las Carasses conserven algo más antiguo de lo que parece: una mascarada ligada al ciclo agrario que, mientras en otros lugares de la España rural acabó desplazándose hacia diciembre, enero o el Carnaval, en Petrer permaneció anclada en octubre, justo en ese momento incierto en que el campo abandona un ciclo y se prepara para el siguiente.

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