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Una nueva película de Steven Spielberg despierta siempre las mejores expectativas, y, especialmente, si versa sobre visitas extraterrestres. Tan elevada exigencia es un reto inevitable, y seguramente indeseable cuando no se alcanzan las cotas maestras de los aplaudidos títulos anteriores. Este esperado estreno queda lejos del nivel de excelencia que encumbró al director, sin ser tampoco nada desdeñable. Su valor más apreciable reside en el mensaje que nos deja. Lo transmite con unas altas dosis de emoción y sensibilidad. Por otra parte, los apartados técnicos y las interpretaciones del elenco, conformado mayoritariamente por nombres que se han acercado al estrellato recientemente, no admiten reparos.
Daniel Kellner ha robado decenas de archivos clasificados a los que tenía acceso. Este experto en ciberseguridad trabajaba para Wardex, una corporación secreta contratada por el Estado que custodiaba las pruebas irrefutables de los contactos con alienígenas. Pretende sacarlos a la luz pública; por esa razón, su antiguo jefe trata de darle caza cuanto antes. Sin embargo, el joven informático no está solo; cuenta con la ayuda de varios excompañeros. Al mismo propósito se sumará Margaret Fairchild, la popular meteoróloga televisiva del canal KCXE 4 de Kansas City.
Conjuga elementos muy interesantes, pero a veces falla en la manera de ligarlos. Comienza como una trama de espionaje al uso, espoleada por la vibrante persecución que sufren el protagonista y su pareja. Este tono, propio del cine de acción, domina los compases iniciales, aunque lo retoma luego en varias ocasiones, deparando secuencias trepidantes y alguna prescindible.
Entra paulatinamente en terrenos trascendentales. Plantea conflictos religiosos de peso, sin acertar del todo en las fórmulas escogidas. Posteriormente, asistimos a escenas chocantes y que, en principio, se pueden antojar hasta ridículas. Falta una información que únicamente se revela en los minutos finales.
La magia del llamado rey Midas de Hollywood aflora con fuerza en el desenlace. Con unos recursos que maneja perfectamente, logra encoger el corazón y que su advertencia, clara y sencilla, cale.
Las imágenes supuestamente grabadas hace casi 80 años rebosan un realismo estremecedor. Son ejemplo de la sobresaliente factura del filme. Y la reconocible banda sonora del maestro John Williams pone la guinda; el adiós a una colaboración irrepetible.
A Josh O'Connor (La quimera, Rivales) y Emily Blunt (El diablo viste de Prada, El regreso de Mary Poppins) se les ve completamente metidos en sus papeles. Convence bastante menos Colin Firth (Shakespeare enamorado, Kingsman), en un rol ampliamente mejorable por el guion.
Se presta a un programa doble con Encuentros en la tercera fase (1977), seguido del correspondiente coloquio.