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Eltiempo pasa volando. Aunque sea un tópico, parece que fue ayer, pero ya haceveinte años del día que cambió el mundo. Ahí es nada. Y nada ha vuelto a serigual.
Era un día corriente de septiembre. Unode esos días perezosos en que las noticias hablaban de vuelta al cole ysíndrome post vacacional, en un mundo donde la televisión era nuestro granreferente.
Y fue la televisión la que nos hizopartícipes, en vivo y en directo, de un hecho tan real que parecía cienciaficción. Ante los ojos atónitos de millones de personas, las Torres Gemelas deNueva York, emblema de tantas cosas, caían entre humo y explosiones en lo queparecía una metáfora de nuestro mundo. Lo que parecía inamovible, se derrumbabasin remedio.
Tardamos un tiempo en saber qué pasaba.Se habló de un accidente pero no tardamos en conocer que no solo no eraintencionado sino que no era un acto aislado. Los aviones, símbolo de libertad,se tornaron instrumento de muerte. Y la tranquilidad en desasosiego. Adiós zonade confort para siempre.
Cuando lo recuerdo, me percato de lomucho que han cambiado las cosas en poco tiempo. Aquel día yo estaba en eljuzgado de guardia y hasta bien entrada la tarde no supe más que las cosas queiban comentando quienes entraban y salían. Abogadas, policías o testigosfluctuaban entre la indiferencia, la estupefacción y el pánico por la inminentellegada del fin del mundo. Incluso había quien comentaba los resultados delReal Madrid, que jugaba aquel día, o lamentaban la suspensión de otros eventos.Hoy sería impensable. Desde nuestro móvil haríamos sabido, minuto resultado, loocurrido. Incluso tendríamos vídeos de víctimas antes del momento fatal. Y, porsupuesto, grabaciones desde todos los ángulos posibles.
Desde entonces, además, nuestrosviajes por avión requieren casi más tiempo en tierra que en vuelo, porque hayque superar todos los protocolos. Así fue como mi madre perdió para siempre lastijeras que llevaba en el bolso, requisadas como instrumento peligroso, y elhijo de una amiga se quedó sin su flamante espada láser comprada como recuerdoen Disneyworld. Incluso una vez me quedé sin mi rimel, porque, como todo elmundo sabe, con él podría provocar un desastre pintándole las pestañas alpiloto. Miles de cosas, a caballo entre la prudencia y la exageración, queantes hubiera sido impensables.
Nadie hubiera imaginado que,veinte años después, homenajearíamos a las víctimas provistos de mascarillas ehidrogel. Porque la pandemia nos pilló tan de improvisto como aquello. O no.
SUSANA GISBERT
Fiscaly escritora (@gisb_sus)