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Sin apenas darme cuenta, llevo días tarareando unacanción, de esas que se te meten en la cabeza y te martillean la meninge entodo momento. Bares, qué lugares…
Poco podía imaginar Gabinete Caligaricuando estreno este tema en plena década de los ochenta la trascendencia de loque decían. O quizás eran unos visionarios y el resto estábamos en la inopia.El caso es que eso de que “los bares son lugares tan gratos para conversar” haadquirido significado nuevo desde la desescalada y parece que seguiráteniéndolo en la nueva normalidad.
Es cierto que criticamos en su día quelas terrazas de los bares fueran lo primero que abriera, como si se tratara dela medida de todas las cosas. No dejaba de resultar chocante que lo hicieranantes que colegios, museos, juzgados o teatros, pero es lo que hay. En nuestropaís hay muchos más bares que teatros o museos, sin duda.
No seamos hipócritas. Quien más quienmenos nos entusiasmamos con la posibilidad de sentarnos en la terraza de un bardespués del confinamiento. Y no porque necesitáramos una copa por encima detodas las cosas, sino porque necesitábamos aferrarnos a la ilusión de que lascosas volverían a su sitio, que retomaríamos nuestras vidas donde las dejamos.
Ahora que, aunque con restricciones,podremos empezar a hacer casi todo, me doy cuenta que aquel café en una terrazaa las ocho de la mañana del primer día de la fase 1 es, probablemente, el másrico que he tomado nunca. Porque no era el café, ni la terraza, era mucho más.Era volver a la vida.
Pero no nos llevemos las manos a lacabeza pensando que necesitamos más un bar que otras cosas. Lo quenecesitábamos, en realidad, era el contacto con otras personas, la vida social,aunque sea en condiciones especiales. En definitiva, el contacto humano, auncon distancia –que no distanciamiento- de por medio.
A partir de este momento, nos tocadecidir cómo utilizamos esta libertad que empezó en las terrazas. Ahora, másque nunca, la libertad de movimientos es un bien precioso que hemos aprendido aapreciar. Aunque no tan precioso como la vida, por supuesto. Por eso, duranteun tiempo, hemos tenido que sacrificar una en pro de otra.
Está en nuestras manos cuidar de estostesoros y cuidarnos para no volvernos a poner en peligro. Y, desde luego,disfrutar de los bares. Porque, como decía Gabinete Caligari, no hay como elcalor del amor en un bar.