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EL 29- N y la granja de Waterloo

ENRIQUE VAQUÉ

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En una batalla, el destino de una guerra puede depender de un episodio aparentemente secundario. Una posición que al comienzo del combate nadie consideraría decisiva acaba condicionando el resultado de toda una campaña. La granja de Hougoumont, durante la batalla de Waterloo, ofrece una imagen perfecta de este fenómeno.

El 18 de junio de 1815, las tropas francesas de Napoleón intentaron conquistar esta granja fortificada, defendida por las fuerzas aliadas de Wellington. Los franceses no lograron tomarla y los combates absorbieron durante horas una parte importante de sus recursos. Hougoumont no decidió por sí sola la batalla, pero se convirtió en uno de sus episodios más significativos.

El gran escritor Víctor Hugo recoge este episodio en su novela Los Miserables.

Pues bien, las elecciones generales del próximo 29 de noviembre podrían representar algo parecido para la izquierda española. A primera vista, parecen una contienda más por el poder, otro capítulo de la pugna entre partidos por ocupar la Moncloa. Sin embargo, su trascendencia va mucho más allá. ¿Y si estuviéramos ante la granja de Waterloo de la izquierda española?

A diferencia de buena parte de los partidos de centro-derecha tradicionales, ese espacio heterogéneo que denominamos “derecha populista” o “soberanista” no se limita a disputar el poder institucional: aspiran también a transformar los valores, los consensos y los marcos culturales que han dominado la política europea durante décadas.

Su avance plantea así un desafío ideológico de fondo al modelo de sociedad construido en la Europa de posguerra. Un modelo que nunca fue exclusivamente socialdemócrata, pero en cuya evolución la izquierda desempeñó un papel fundamental. Lo que está en cuestión es si ese consenso, que durante mucho tiempo pareció sólidamente asentado, será capaz de resistir el empuje de unas fuerzas que pretenden sustituirlo por una concepción distinta de la nación, la soberanía, la identidad y las relaciones entre el individuo y el Estado.

La hegemonía cultural tiene una particularidad: suele percibirse con claridad cuando empieza a cuestionarse. Mientras parece consolidada, sus valores, su lenguaje y sus marcos de interpretación pueden confundirse con los de la sociedad en su conjunto. Pero un cambio en la correlación de fuerzas políticas puede alterar las prioridades institucionales, el debate público y las referencias culturales dominantes. Las ideas no desaparecen con un cambio de Gobierno, aunque sí pueden perder influencia durante largos periodos. Una derrota electoral podría marcar el comienzo de un cambio de ciclo cuya duración excediera ampliamente una legislatura.

La dimensión europea añade relevancia a la cita. Pedro Sánchez es uno de los escasos dirigentes socialdemócratas que gobiernan un país de primer orden en la Unión Europea. Su eventual salida de la Moncloa debilitaría la presencia de esta corriente y modificaría el equilibrio político en el Consejo Europeo, aunque no alterase automáticamente la composición del Parlamento Europeo.

En suma, para la izquierda española, perder el Gobierno podría significar también perder la iniciativa cultural y política, obligándola a reconstruir durante años las bases de su influencia. O sea, la granja de Waterloo.

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ENRIQUE VAQUÉ
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