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Hay días quepienso que sin darnos cuenta estamos viviendo ya una tercera guerra mundial. Empezó hace varios años, de manera discreta, y ahora parece que se hayaextendido a todos los continentes y clases sociales. No es una guerraconvencional con armadas, bombas y anexiones territoriales: esta guerra desexo es diferente pero divide y deja víctimas.
No sé quién y como empezó,supongo que es un problema igual de antiguo que el mundo.Tampoco sé cual de losdos bandos saldrá victorioso si es que alguien pueda ganar esta guerra. Lo queme parece claro e inquietante es que, últimamente, las cosas se hanradicalizado: claramente hay un antes y un después del escándalo desatado porlas revelaciones sobre el famoso productor americano Weinstein.
Personalmente,nunca me he preocupado mucho de esos temas de igualdad o incluso de violenciade genero (¿o debo decir violencia machista ?). Es cultural, me imagino. Siemprepensé que lo gordo del trabajo para obtener unos derechos más que normales(nuestra famosa emancipación) se había hecho (en Francia en mi caso) antes denacer yo, con lo cual he crecido sin mucha preocupación y sin sentirme de menospor ser mujer.
Supongo que también he cerrado los ojos aceptando con fatalidadsituaciones injustas pensando que era una batallita complicada y larga, por nodecir perdida de antemano.
En los años 90, al pertenecer a una asociaciónvalenciana de mujeres emprendedoras, me di cuenta de que aquí el tema delfeminismo era tomado muy muy en serio y que a lo mejor yo no tenia esa fibratan feminista, o si la tenía, la vivía de otra forma.
Me parece que hay 50maneras de ser feminista, y que desde luego, el neofemenismo está haciendo mas daño que otra cosa: esa forma integrista y extremista de pensarque el hombre es un depredador para la mujer, esa especie de sed de venganzaque roza el odio hacia el hombre (la misandría existe por lo visto) no loentiendo.
El neofemenismo niega una cosa importante: que somos diferentes yque no se puede ni se podrá fingir que somos iguales por mucho que vayamos enpantalones y tengamos puestos de alto cargo en las multinacionales.Tenemos los mismos derechospero ahora queremos ser iguales que ellos, ¿como si la cultura masculina fuera elideal a alcanzar ?
Y, si no, somos sumisas o retrogradas ¡no! No es así. ¡Nopodemos negar nuestras diferencias! Es más: debemos reivindicar con orgullonuestras diferencias y el hecho de que pueden ser complementarias al delhombre.
En poco tiempo hemos pasado de tener reivindicaciones legítimas y útiles a tener una nueva ideología victimista poco basada en la realidady tintado de fanatismo y de violencia no solo verbal.
Desde luego no me sientonada representada con eso, lo que no significa que no quede mucho trabajo parapacificar las relaciones entre hombres y mujeres.
*Directora de www.valencia-expat-services.com