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Hay días en los que una sociedad necesita detenerse un momento y recordar quién es. El 9 d’Octubre es uno de ellos. Es nuestra fiesta, una fecha que nos permite mirar a nuestra historia, reconocer aquello que compartimos y, sobre todo, pensar qué Comunitat Valenciana queremos dejar a quienes vengan detrás.
También es una buena ocasión para recordar que nuestra cultura no está formada únicamente por aquello que vemos o celebramos. Hay una cultura intangible, hecha de conocimientos, oficios, formas de trabajar, paisajes y tradiciones que hemos recibido de generaciones anteriores y que corremos el riesgo de perder si no somos capaces de mantenerla viva.
La historia valenciana es larga y compleja. La entrada de Jaume I en València en 1238 y la posterior creación del Reino de València forman parte de un pasado que ha dejado instituciones, tradiciones, fiestas y una cultura propia. Durante siglos, los valencianos hemos ido construyendo una manera particular de entender nuestro territorio y nuestra forma de vivir. El 9 d’Octubre es una buena ocasión para recordarlo.
Pero recordar nuestra historia no debería servir para levantar muros. Al contrario. Ser valenciano no obliga a enfrentarse con nadie. Podemos sentirnos profundamente valencianos y, al mismo tiempo, españoles y europeos. Una identidad no tiene por qué excluir a las demás. Puede ser un punto de encuentro. Y quizá esa sea una de las cosas que más necesitamos ahora: encontrarnos.
Porque la Comunitat Valenciana tiene ante sí un futuro lleno de posibilidades, pero también algunos retos que no vamos a resolver enfrentándonos entre nosotros. Valencia, Alicante y Castellón tienen sus propias características y sus propias necesidades, pero forman parte de un mismo proyecto. Lo mismo ocurre con la costa y con el interior. No podemos hablar de una Comunitat próspera si algunas zonas avanzan mientras otras pierden habitantes, servicios y oportunidades.
Tenemos una costa con enorme capacidad económica y turística, pero también un interior donde existe espacio para crecer, para vivir y para instalar nuevas industrias. Disponemos de agricultura, empresas, puertos, ciudades con gran actividad económica y una posición privilegiada en el Mediterráneo. Contamos además con infraestructuras como la AP-7 y con proyectos como la CV-60, que puede mejorar la conexión entre el interior y la costa en la Safor. Todo esto es importante, pero no basta.
Porque también tenemos que ser conscientes de que cuando desaparece una actividad que ha formado parte de nuestra forma de vida durante generaciones, no perdemos solamente una actividad económica. Cuando desaparece un campo, un oficio, una explotación, una forma de pescar o una industria, también desaparecen conocimientos, paisajes y maneras de entender nuestro territorio. La cultura no es únicamente lo que contamos sobre nosotros mismos. También es aquello que somos capaces de mantener vivo.
Ese es, quizá, uno de los mayores riesgos que tenemos por delante. Podemos conservar las fiestas, los símbolos y las fotografías de aquello que fuimos y, al mismo tiempo, dejar desaparecer la realidad que los hizo posibles. Una tradición no sobrevive únicamente porque la recordemos. Sobrevive cuando todavía hay personas que pueden practicarla, transmitirla y convertirla en parte de su vida.
Necesitamos mejores comunicaciones ferroviarias. Y, especialmente, necesitamos avanzar en una conexión ferroviaria por la costa entre Valencia y Alicante que permita acercar ciudades, pueblos y personas. Las infraestructuras no son simplemente hormigón y vías: son oportunidades para estudiar, trabajar, emprender y vivir en un lugar sin sentirse aislado.
También necesitamos una economía más diversificada. El turismo es fundamental y debemos cuidarlo, pero no podemos hacer descansar todo nuestro futuro sobre un único sector. Hay que atraer industria, facilitar la actividad de empresas y autónomos, impulsar la agricultura, aprovechar las posibilidades de nuestro territorio y conseguir que la creación de empleo llegue también a las zonas que hoy sufren la despoblación.
Porque preservar nuestra cultura también significa preservar las condiciones que permiten que esa cultura siga existiendo. Si queremos que nuestros campos continúen cultivándose, que determinadas actividades sigan formando parte de nuestro paisaje, que nuestros pueblos mantengan su forma de vida o que determinados oficios puedan transmitirse, necesitamos que producir, trabajar y vivir aquí siga siendo posible. La cultura también tiene una base material. Y cuando esa base desaparece, con ella se marcha una parte de lo que somos.
Y para eso hará falta trabajar con otros. Con otras comunidades autónomas, con las administraciones, con las empresas y, sobre todo, entre nosotros. Defender los intereses valencianos no significa estar permanentemente enfrentados con nadie. Significa saber qué queremos y tener capacidad para conseguirlo.
También ahí tiene sentido el 9 d’Octubre. Nuestra cultura, nuestras fiestas, nuestras tradiciones y nuestra historia son elementos que pueden ayudarnos a reconocernos como parte de una misma comunidad. Una comunidad que ha cambiado muchas veces y que seguirá cambiando.
Por eso, más que preguntarnos únicamente qué fuimos, deberíamos preguntarnos qué queremos ser. Tenemos territorio, talento, empresas, cultura, mar, agricultura y posibilidades para crecer. Lo que falta no es tanto de dónde partir como ponernos de acuerdo sobre hacia dónde queremos ir.
Este 9 d’Octubre debería servir para celebrar lo que somos, pero también para recordar algo muy sencillo: la Comunitat Valenciana será más fuerte si somos capaces de trabajar juntos, de mirar más allá de nuestras diferencias y de construir un futuro en el que nadie tenga que marcharse de su pueblo para encontrar una oportunidad. El pasado nos une, pero nuestro futuro depende de lo que hagamos con esa herencia.