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Susana Gisbert. /EPDA
Susana Gisbert. /EPDA

La pasada semana vi, en un hotel en el que me alojaba, un cartel que llamó mi atención. Decía algo así como que no había “amenities” porque les gustaba cuidar la higiene del cliente y que, en caso de necesitarlas, las solicitaran en la recepción.

Y, claro, me picó la curiosidad sobre qué serían aquellas amenities, algo que, a tenor dl mensaje, debía perjudicar nuestra higiene pero que, no obstante, estaban dispuestos a darnos previa petición expresa.

Como quiera que la IA y su ya viejo tío San Google están siempre a un clic, echo mano de ellos y averiguo que los amenities -traducidos como "comodidades" o "servicios"- dichosos no son otra cosa que “artículos de acogida o prestaciones adicionales que se ofrecen para mejorar la experiencia de los usuarios”. Añade que, si se trata de alojamientos, “son los artículos de aseo personal y detalles de bienvenida que se dejan en la habitación o el baño para hacer la estancia más cómoda”.  O sea, que son los jaboncitos, cepillo de dientes, peines, crema o gorro de baño individuales, pero también el bomboncito, la botella de agua o la cesta de frutas con la que te obsequiaban en algunos hoteles.

Una vez aclarado el concepto, me hago la pregunta del millón. ¿Qué tiene que ver nuestra higiene con esos adminículos? ¿Acaso voy a ser menos limpia por usar un cepillito de dientes desechable -mejor que no usar ninguno, ¿no? -, por limpiarme los zapatos con la esponjita a tal efecto o por cometer el pecado de comerme el bombón de debajo de la almohada? Pues no lo creo. Más bien debe tener que ver con el cuidado del planeta, que ya no admite ni un solo plástico más, por pequeño que sea. Y, de paso, algo que se ahorra el establecimiento, que no está la economía para despilfarros y meter las cosas en el mismo saco es lo que tiene.

Poco a poco, nos acostumbramos a estas cosas. Lo que antes era imprescindible en cualquier hotel a poca categoría que tuviese, ahora ha dejado de serlo y no pasa nada. Como nos acostumbramos a lo de dejar la toalla dispuesta para ser usada al día siguiente en lugar de lavarla todos los días.

Reconozco que me gustaban aquellas botellitas, pero entiendo que el medio ambiente merece este pequeño sacrificio. Pero sigo sin entender lo de relacionarlo con la higiene del cliente. Así que, menos mal que llevé mi cepillo de dientes, porque me hubiera dado apuro pedir uno en la recepción so pena de que me consideraran poco higiénica.

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Susana Gisbert
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