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El otro día asistí al Palau de les Arts a ver “Carmen”, la conocida y preciosa ópera de Bizet. La representación, tal conforme esperaba, me gustó mucho y la disfruté un montón. Aunque esto nada tenga de particular, porque es lo que una espera cuando asiste a un espectáculo de estas características y con estas referencias. Pero a lo que hoy quería dedicar estas líneas es a otra cuestión. Una cuestión que afecta a todas las personas que, como público, acudimos a una representación de cualquier tipo.
Me comentaba la persona que me acompañaba, acostumbrada a asistir a este tipo de espectáculos, algo que ocurría al final de las representaciones y que le llamaba la atención y le disgustaba. Aunque, para ser exacta, debería decir que aludía a algo que no ocurría.
Me refiero a las ovaciones y aplausos. Por supuesto, y como no podía ser de otro modo, cuando la ópera terminó, el público comenzó a aplaudir con fuerza, primero a cada uno de los intérpretes, luego al elenco entero y finalmente al director. Y hasta ahí, todo correcto. Pero, cuando iba extinguiéndose ese primer aplauso, en vez de bajar el telón y volverse a abrir para continuar ovacionando -caso de que lo merezcan, como así era- a los artistas, la gente comienza a ir a lo suyo, dando la espalda al escenario y recogiendo a corre prisa sus cosas, como si se les fuera a escapar el autobús. Mientras, en el propio escenario, los intérpretes se aplaudían, se abrazaban y se fotografiaban ajenos a la mala educación del público asistente, que, en su mayor parte, abandonaba la sala como si todo le importara un pimiento.
Sin duda alguna, quien me lo comentaba tenía toda la razón. Semejante comportamiento produce un efecto espantoso, pero no solo es eso. Abandonar el teatro sin dar a los artistas la ovación que merecen es una muestra de falta de respeto al arte y a quienes se dedican a él, marchándose a toda prisa antes de que todo acabe oficialmente. Al compositor, que dedicó muchas horas de su vida a escribir una obra magnífica, al director de la orquesta y a quienes dirigen los diferentes aspectos de la representación, a los cantantes, a los coros, a bailarines y bailarinas, a figuración y a todas aquellas personas que, en definitiva, han invertido su esfuerzo, su tiempo y su talento para que el público pueda disfrutar del espectáculo.
Así que aprovecho este espacio para invitar a la reflexión, porque creo que merece la pena. Por amor al arte, en su sentido más literal.