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Todos los veranos acabo sorprendiéndome de las conversaciones que mantienen mis lecturas. Este año el caos ha sido especialmente productivo. Terminé Moisés y la religión monoteísta y El Moises de Miguel Ángel de Freud, me puse a leer Los sueños de Quevedo y, por recomendación de unos colegas, vi la película “EL club de la lucha” de David Ficher. ¡Tremenda! Un buen ejemplo de un psicótico, un “my mucho melancólico”.
A primera vista, no parece que estas obras tengan mucho que decirse, pero conforme avanzaba en ellas, empezaron a hablar entre sí. Me pareció que hacen algo parecido: construir una existencia.
Quevedo no se limita a definir la avaricia, la corrupción o el poder: construye personajes en los que esos rasgos se convierten en una manera de existir. El avaro, el corrupto o el poderoso aparecen en su obra “Los sueños” como cuerpos exagerados, caricaturas en las que la gestualidad, la mirada, el vestido y hasta la forma de ocupar el espacio revelan aquello de lo que gozan. Un ejemplo sería cuando escribe sobre un personaje afectado por la avaricia:” iba muy derecho, preciándose de espetado, escaso de ojos y avariento de miraduras, ahorrando cortesías con todos…”
Freud, en El Moisés de Miguel Ángel, se detiene en una mano, en la barba, en la dirección de una mirada, en la tensión de un cuerpo. Reconstruye una secuencia de acciones y afectos: el instante en que Moisés contiene un impulso, domina su ira y decide no romper las tablas. No añade un significado desde fuera; construye una escena.
Y en Fight Club, David Fincher no explica ni busca causas del malestar del protagonista. Lo construye. Está en los cuerpos, en la fotografía, en los
espacios, en el montaje, en la atmósfera, la melancolía del personaje desborda como un tsunami todo lo que le rodea. El conflicto subjetivo no queda encerrado en la psique de un personaje: acaba organizando todo el universo visual de la película.
Estas obras me hicieron volver a Freud y a Construcciones en el análisis. Allí, Freud no descarta la interpretación, pero prioriza la construcción, que es de lo que más trata en un psicoanálisis. Interpretar está más del lado del sentido, del ser, construir es articular fragmentos dispersos que construyen más alrededor de una existencia.
Por eso, quizá la cuestión no sea solo qué significa algo, sino cómo se construye una vida: qué cuerpos, qué gestos, qué espacios y qué tiempos la sostienen.
El arte puede interpretar el mundo, pero también puede construir una existencia: dar cuerpo, espacio y movimiento a una forma de gozar, de sufrir y de habitar el tiempo.