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El pasado 29 de octubre se celebraba el Día internacional del ballet -ojo, no confundir con el Día internacional de la danza, en abril-, una conmemoración que pasa desapercibida para quienes se mueven fuera de los círculos de lo que una gran profesora de ballet que conozco llama de “yonkis del ballet”.
El ballet es una adicción, se mete en la piel de quien lo prueba y se queda ahí para siempre. Pero no entra a través de las venas, ni en píldoras o polvos, porque no hace falta. El ballet entra por los ojos, taladra el alma y pasa por los pies, por los brazos y por la mente de quien lo disfruta viéndolo, practicándolo, o ambas cosas a un tiempo.
Antes decía que la expresión “yonkis del ballet” la había tomado prestada, pero no es´el único préstamo de este texto de hoy. Porque el título de este texto, que hace referencia a la relación de muchísimos años que mantenemos el ballet y hoy, lo cogí de un post en una red social de una de esas yonkis del ballet con la que comparto pasión y sudor, como decía aquella maestra de Fama que nos marcó a generaciones enteras.
Mis clases de ballet empezaron el día en que, tras mucho insistir, mis padres accedieron a apuntarme, pese a que mi físico redondito -por llamarlo de algún modo- no creían que fuera el más adecuado para la práctica de tan elevada arte. Tenía solo cinco años, e ignoro en qué momento vi algo que me hizo insistir, persistir y no desistir hasta que tuve mi maillot, mis zapatillas y hasta mi tutú, mis posesiones más preciadas, y mis clases de ballet. Siempre he agradecido ese momento, porque fue el principio de muchos que siguieron.
El ballet da satisfacciones, pero también produce sinsabores. El dolor que producen las zapatillas de puntas, los desencuentros con la báscula, los cumpleaños y fiestas perdidos valieron la pena. Y, aunque jamás me dediqué´profesionalmente a ello, mi hija sí lo hizo y con ello me ha hecho doblemente feliz. Ha cimentado una relación materno filial no siempre fácil, sobre todo en la adolescencia. Y, más tarde, he gozado de que sea mi profesora y también de que en alguna ocasión comparta conmigo clase y hasta escenario.
Ahora, a punto de empezar la sexta década de mi vida, el ballet me hace, si cabe, más feliz. Me ha regalado maestras y maestros fantásticos y compañeros y compañeras estupendas a las que nunca hubiera conocido si no fuéramos yonkis del ballet. Y me ha hecho disfrutar hasta el éxtasis de espectáculos que tal vez nunca hubiera conocido. Aún recuerdo con un escalofrío el día que vi bailar a Nureyev en Valencia.
Y pienso seguir disfrutando. Como una verdadera yonki del ballet.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora @gisb_sus)