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Susana Gisbert. /EPDA
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Comentaba un buen amigo hoy mismo en redes sociales algo que me invitó a pensar en voz alta. O a escribir, que es casi lo mismo. Viajaba en tren y comprobó que en su vagón se sintió como un bicho raro. Todo el mundo miraba su móvil, o el ordenador, trasteando por Internet o viendo series. Todo el mundo menos él, que hacía algo tan subversivo como leer un libro. Nada más y nada menos.

Por supuesto, me sentí identificada. Yo también soy un bicho raro, y tanto me da que sea tren, avión o parada de autobús, que siempre tengo un libro entre las manos. Incluso cuando estoy trasteando por redes, hablo de libros, como si de una enfermedad se tratara. De hecho, no hace más de cinco minutos que otra buena amiga me mandaba un mensaje de WhatsApp recomendándome un libro, una bonita costumbre que practicamos con frecuencia. Cuando ella, o yo, descubrimos un libro de esos que no hay que perderse, nos lo contamos. Y luego lo comentamos. Así es nuestro nivel de bichorarismo.


Y la cosa no acaba aquí. Ayer mismo me embarcaba en una de mis aventuras preferidas de cada año, un maratón de microrrelatos. Algo que más de uno considerara chaladuras de una panda de frikis de la lectura, de esos mismos frikis que luego cometemos la rareza de leer en el vagón de tren o chateamos sobre literatura.


Quienes no practican estas cosas no saben lo que se pierden. Sumergirse en otros mundos a través de esas páginas que huelen como solo pueden leer los libros es uno de los ejercicios más placenteros que hay. Y barato, además. No hace falta tener el último modelo de dispositivo móvil o el programa más sofisticado de ordenador para poder acceder a mil mundos, presentes pasados o futuros. Solo hay que abrir las tapas, meter la nariz, y dejarse llevar.


Es cierto que en la actualidad existen demasiados estímulos externos como para que necesitemos acudir a un libro como única manera de entretenimiento, pero también es verdad que como entretenimiento es único, y merece la pena el esfuerzo de adentrarse en él. Algo deben hacer mal en los colegios cuando no consiguen enganchar al alumnado e incluso cuando, con sus lecturas obligatorias, llegan a lograr el efecto contrario, el rechazo.


Diría que ojalá haya muchos bichos raros leyendo en el tren, o en cualquier otro sitio, pero seguro que alguien pensará que lo digo porque yo escribo y sin lectores me quedo sin clientela. Pero no es por eso, o no solo por eso. Lean, que seguro que no se arrepienten. Aunque no me lean a mí.

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Susana Gisbert
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