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Blocus: pesadilla en las calles

Mari Paz Escrig

(Psicoanalista)

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Escribo este artículo un par de días antes de Halloween. No sé qué habrá ocurrido cuando lo leáis ni cómo terminará esta historia en Valencia. ¿Puede el disfraz convertir el vandalismo en una fiesta?

¿Qué pasa cuando una masa pierde la cabeza? Esta masa parece nacer descabezada. En Psicología de las masas y análisis del yo (1921), Freud distingue entre masas con conductor y masas sin él. Blocus se aproxima al segundo tipo: una movilización digital descentralizada, sin jerarquía ni conductor visible.

Blocus funciona como un logo que convoca desde el anonimato. Bajo reivindicaciones como la vivienda o la educación pública aparecen colectivos: Liga Gamberra, Kräkens.Lab, Movimiento Marika de Madrid, Euforia Familias Trans-Aliadas o TuNubeSecaMiRio. Pero ¿qué ocurre cuando las consignas “políticas” dan paso a instrucciones para acudir de negro, ocultar el rostro, llevar pirotecnia o saquear comercios? Una reivindicación y el pillaje no son lo mismo.

Freud recoge de Le Bon rasgos de la masa: falta de autonomía e iniciativa, uniformidad de las reacciones, debilitamiento de la actividad intelectual, desinhibición de los afectos y tendencia a transgredir barreras y descargar sentimientos mediante la acción (AE, XVIII, pág. 111). No hace falta un líder si la sugestión circula de miembro a miembro.

La masa puede arrastrar al sujeto hacia formas más primitivas de funcionamiento psíquico. A solas, quizá uno sería capaz de contenerse, pensar en las consecuencias y frenar sus impulsos. Pero todo cambia cuando se da un chapuzón en la masa: se debilitan los frenos y la acción se impone a la reflexión.

Pensemos en la historia: en la Revolución francesa, en la violencia de la Vendée y en la España de 1934, con la quema de iglesias y las matanzas de religiosos. Freud escribió que «la masa se nos aparece como un renacimiento de la horda primordial» (AE, XVIII, pág. 117). ¿Qué hay en nuestra humanidad que permite que esta forma de proceder persista?

No todo el mundo se deja arrastrar por la masa ni por la violencia. En ¿Por qué la guerra? (1932), Freud explica que somos pacifistas porque “nos vemos precisados a serlo por razones orgánicas”. Estas razones se relacionan con el desarrollo cultural y sus alteraciones psíquicas: el fortalecimiento del intelecto y la interiorización de la inclinación a agredir. “Todo lo que promueva el desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra”

Escribo antes de la noche del 31 de octubre. No sé qué veremos en las calles de Valencia. Ojalá, Halloween, siga siendo una fiesta de disfraces y el terror permanezca en la ficción. Pero esta convocatoria obliga a preguntarse qué sucede cuando una masa sin cabeza convierte su fuerza en argumento.

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Mari Paz Escrig
PAZ ESCRIG

Psicoanalista

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