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Acaba de empezar el verano en el calendario y ya estamos temblando pensando en el calor que nos espera. O, mejor dicho, en el calor que vamos a seguir teniendo, porque el clima ya nos ha recordado que no atiende al almanaque, y ya hemos sufrido los rigores de las altas temperaturas. Y lo que te rondaré, morena, porque ya estamos en la primera ola de calor que, a buen seguro, será la primera de muchas.
Cada vez me percato más de que con la edad me convierto en mi madre, y digo aquellas cosas que ella decía y que yo ignoraba pensando que eran batallitas de personas mayores. Decía mi madre en su día que el tiempo había cambiado mucho, y que cuando ella era una niña, el invierno llegaba antes y el calor duraba mucho menos tiempo. Y ahora, me descubro a mí misma diciendo exactamente las mismas cosas, que cada vez hay que sacar la ropa ligera más pronto y guardarla más tarde, y que la primavera y el otoño casi no existen.
Tal vez, la diferencia entre mi madre y yo es que ella, y la gente de su generación, se resignaban antes los cambios sin buscar -ni pretender- ninguna explicación y hoy sabemos que estos fenómenos tienen nombre propio, cambio climático, y culpables, una sociedad que no ha escatimado nada para cargarse nuestro planeta.
Lo que me sigue dejando ojiplática -y seguramente, también dejaría así a mi madre- es que haya personas obstinadas en negar la evidencia, y defienden que el cambio climático es una patraña que se ha inventado para asustarnos. Como si el bochorno, el sudor y los golpes de calor fueran fruto de nuestra imaginación. Y como si lo fueran, también, las cada vez más frecuentes catástrofes naturales de terribles consecuencias, como la Dana que asoló nuestra tierra en octubre de 2024.
Todavía estamos en junio, y ya estamos viendo los recurrentes reportajes sobre el calor en los informativos que antes se veían en la segunda mitad de julio y agosto. Esos reportajes donde unos cuantos entrevistados hablan de paliar el calor con aires acondicionados, abanicos, chapuzones, ingesta de agua y resignación. Nada nuevo bajo el sol, nunca mejor dicho. Unos reportajes, por cierto, que se podrían reciclar de un año a otro sin que nadie se diera cuenta.
Pero no nos queda otra. Ya hace tiempo que aquel refrán que nos recomendaba no quitarnos el sayo hasta el 40 de mayo es cosa del pasado. Porque, si seguimos así, cualquier año de estos el 40 de mayo será el 30 de febrero. Tiempo al tiempo.