En el Día Mundial del Medio Ambiente queremos pararnos a reflexionar, pero, sobre todo, a alzar la voz. Nos toca cuestionar a fondo cómo vivimos, cómo trabajamos y cómo consumimos. Y hay que decirlo claro y sin rodeos: si no defendemos nuestro territorio y no lo cuidamos, sencillamente no tendremos futuro.
La crisis medioambiental no es algo ajeno a la clase trabajadora. Al contrario, somos el primer dique de contención y somos quienes sufrimos, en primera línea, los golpes de la destrucción ambiental. Los devastadores efectos de la dananos demostraron, de la forma más trágica imaginable, que el caos urbanístico y el hacer oídos sordos a las alertas climáticas destruyen nuestro patrimonio natural y productivo. Y lo que es peor, que se cobran vidas.
Tampoco podemos separar la crisis climática del problema de la vivienda. La especulación urbanística no solo asola nuestras costas y espacios naturales, sino que expulsa a las familias trabajadoras de sus barrios. La vivienda debe ser un derecho, no un negocio que arrase con el territorio.
La movilidad también se ha convertido en una trampa. El coche privado no puede seguir siendo la única opción para ir a trabajar o a los polígonos, convirtiendo las entradas a las ciudades en auténticas ratoneras de contaminación. Necesitamos un transporte público diario que sea sostenible, igualitario, accesible y seguro.
El aumento de la temperatura del mar, la masificación turística descontrolada y los plásticos amenazan la biodiversidad y el sustento de la pesca y la economía azul. Exigimos blindar nuestro litoral frente a la especulación.
Sufrimos una sequía alarmante mientras proliferan macroproyectos que nos ponen en peligro. Ejemplos claros son el vertedero de amianto en Losa del Obispo (no seremos el basurero de nadie), la planta de amoníaco verde en Castelló (donde vigilamos de cerca el riesgo químico) o la planta de bases de datos de Picassent, que consume una cantidad de agua y energía insostenible para los acuíferos locales. La digitalización no puede dejar secos a nuestros pueblos.
El calor extremo es un riesgo laboral, un peligro directo para la salud. Quienes recogen el campo, trabajan en la construcción, limpian las calles, cuidan los jardines, reparten o están en las fábricas sufren golpes de calor en sus propios puestos de trabajo. Por eso, estamos dando la batalla en la negociación colectiva, exigiendo protocolos obligatorios en las empresas ante estas condiciones meteorológicas adversas. Detener la actividad cuando el termómetro se dispara o cuando hay una alerta por temporal no puede depender de la "buena voluntad" de la patronal. La salud no se negocia.
El empleo del futuro será verde o no será. Pero no podemos permitir que la descarbonización o la tecnología se traduzcan en más precariedad. Los platos rotos de la transición ecológica no los puede pagar la clase trabajadoraperdiendo su empleo, su vivienda o pagando un transporte más caro.
Salvar nuestro territorio en el País Valencià es salvar nuestro propio futuro. Este 5 de junio, en CCOO PVreafirmamos nuestro compromiso con un modelo económico más humano y democrático. Para nosotros, la vida, la salud y el bienestar de los valencianos y valencianas siempre irán por encima del beneficio económico de unas élites. Por la defensa de nuestro territorio, de nuestra vivienda, de nuestro empleo y de nuestros derechos laborales.
Antonio Inarejos Verdejo
Secretario de Acción Sindical, Salud Laboral y Medio Ambiente de CCOO PV