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Cine en el cine

Susana Gisbert

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Siempre me ha gustado el cine. Y cuando digo el cine no me refiero a las películas solo, sino a todo lo que comporta ir al cine. Porque, por cómodo que sea nuestro sofá, por más que las plataformas nos ofrezcan una variadísima oferta, por más que podamos ver lo que queramos cuando queramos y al ritmo que queramos, el cine no es lo mismo. Y por fortuna aún está ahí, por más que los cambios en nuestras vidas hayan amenazado con llevárselo por delante.

¿Y por qué digo esto aquí y ahora? Pues porque lo que está ocurriendo con la película “La bola negra” me ha hecho pensar en ello. Y es, sin duda, un mérito adicional de la obra, además de su valor histórico y reivindicativo.

No recuerdo haber visto durante mi vida adulta semejante expectación por ver una película, por asistir al estreno o ir a verla lo más pronto posible, sin importar que, más bien pronto que tarde, la bola negra rodará por las plataformas y canales de televisión y la tendremos en nuestras pantallas domésticas.

Tal vez si hago memoria, me acuerdo de haber hecho considerables colas para ver en su día películas como “ET, el extraterrestre”, “Grease” o “Campeón” en los tiempos de mi adolescencia, pero entonces la situación no era comparable, porque si no veías la película cuando se estrenaba en el cine, había que esperar mucho tiempo a que llegara a televisión, si es que llegaba y los responsables decidían programarla.

No obstante, hay algo que perdura: la magia. Porque pasen los años que pasen, ese tiempo que pasamos sentadas en la butaca, sin más entretenimiento que la película que discurre ante nuestros ojos, sumergiéndonos en vidas ajenas, y llorando o riendo por lo que les ocurre a personas a las que no conocemos ni conoceremos nunca es pura magia.

Y, cuando par4ecía que todo aquello se había perdido, de repente vienen los Javis y le dan la vuelta. Y, más allá del contenido de la película, la gente se vuelve loca por ir al cine a verla, y cuanto más pronto mejor, porque es mejor vivir las cosas que esperar a que nos las cuenten.

Así que, guste o no guste la película -que, mayoritariamente gusta, y mucho- lo que no puede dejar de gustarnos es el efecto que ha producido, esa vuelta a las salas de proyección y a disfrutar de las películas con todos sus matices y sin distracciones externas. Y eso merece mucho la pena. O, mejor dicho, la alegría.

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