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Con la cara lavada y recién peiná. Así es como le gustaban a Manolo Escobar según la canción, de una misma época y un mismo espíritu que aquella otra donde le explicaba a su chica que no le gustaba que se pusiera minifalda para ir a los toros, que todos querrían ver sus rodillas. Algo de lo que parece que hace siglos, pero no hace tanto.
Sin embargo, en la reciente gala de los Goya volvía a escuchar eso de “con la cara lavada” respecto de una actriz que acudió sin maquillaje, y algunos comentarios que hacían juego con los de Manolo Escobar: también les gustaba más la chica sin maquillaje.
A mi me perdonarán, pero esta historia me parece una trampa. La actriz en cuestión podría ir sin maquillar, pero su aspecto no se parecía en nada al que tenemos la mayoría de las mujeres con la cara lavada. Su cutis estaba resplandeciente, sus cejas depiladas, sus labios tenían un dibujo perfecto y su cabello unas ondas estupendamente peinadas. Además, la ausencia de maquillaje solo se debía referir a su cara, porque las uñas las llevaba esmaltadas de un color oscuro, que se ve que la naturalidad solo se muestra de cuello para arriba.
Como decía, una trampa. Es evidente que se trata de una mujer lo suficientemente guapa para no necesitar ningún artificio. Y si no quiere maquillarse, pues estupendo por ella que se lo puede permitir. Pero lo de usar eso para dar lecciones, vengan de ella o de quienes la convirtieron en un símbolo, sobra. Porque no representa a la mayoría de las mujeres que, nos guste o no, tenemos manchas, granos, arrugas e imperfecciones que un poco de maquillaje disimula divinamente, y al que no pienso renunciar en pro de una falsa naturalidad.
Para ser natural, pero natural de verdad, podría haber llegado con la bata de guatiné y las pantuflas, en lugar del modelazo de rigor. Pero nada de eso. Iba divina de la muerte, con maquillaje o sin él. Y ojo, que me parecería fantástico siempre que no hubiera alguien detrás dispuesto a contarme las excelencias de su decisión, y tratando de hacerme sentir mal porque me ponga corrector de ojeras, rímel o pintalabios. Y eso sí que no.
Así que cada cual haga lo que quiera, pero que no me vendan una moto, que una ya tiene unos añitos. Y, precisamente por eso, lo del maquillaje me viene muy bien para encontrarme más guapa, sin necesidad de que nadie me critique por eso ni me haga sentir como una materialista frívola y superficial. Acabáramos