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CON LA LENGUA FUERA

Susana Gisbert
Susana Gisbert. /EPDA
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No sé si es cosa mía, pero estos días tengo la sensación de que ando con la lengua fuera en todo momento. Entre el calor y ese síndrome del fin del mundo que parece aquejarnos cada mes de julio, lo cierto es que no me da la vida para nada. O para casi nada.

Va a ser, probablemente, y si las cifras de la pandemia no lo impiden, el primer verano “normal” en mucho tiempo. Siempre que se pueda llamar normal a vivir con una crisis económica como una espada de Damocles encima y con una guerra a las puertas de nuestra Europa que amenaza con volverse interminable.

Pero hemos vuelto a ver unos informativos que se parecen tanto a los de antes de la pandemia que podrían ser los mismos. El calor extremo y los incendios, los malditos incendios, una desgracia que lejos de acabarse cada día parece ensañarse más co nuestros montes.

Sin embargo, esa sensación de ir con la lengua fuera va un poco más allá. Se debe al calor, desde luego, pero también a que llegamos a las vacaciones con las fuerzas tan justas que más que llegar a ellas parece que nos arrastramos. 

Mientras tanto, el síndrome del fin del mundo del que hablaba antes emerge en toda su plenitud como cada verano. En oficinas y despachos, negocios y negociados, el virus de “hay que acabar esto antes de las vacaciones” se extiende como la pólvora. Y desencadena sus efectos como la primera ficha de dominó que se tumba en una de esos montajes que aspiran a un récord Guiness.

A todo esto hay que añadir otra cosa, esa especie de competitividad que nos entra por encontrar un espacio de vacaciones de deje a todo el mundo boquiabierto. A veces tengo la sensación que se buscan más pensando en lo que vamos a epatar contándolo a la vuelta, que en lo que realmente vamos a disfrutar. Aunque igual es cosa mía

En cualquier caso, mezclar ambas cosas, la lengua fuera y el síndrome del fin del mundo, es un cóctel letal. Se desatan los nervios, y la ansiedad, que pueden desembocar en cosas peores. Se oye constantemente la frase “no me da la vida” que antes abominaba pero ahora me parece tan real que no dejo de pensar en ella.

Pero tranquilicémonos, que ya queda menos. En nada estamos ya de vuelta quejándonos de lo cortas que se han hecho las vacaciones, aunque hayamos llegado a ellas reptando. Y si alguien no me cree, tiempo al tiempo.

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Susana Gisbert
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