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Cosas del pasado

Susana Gisbert
Una persona abre la carpeta de las redes sociales en su teléfono móvil. EFE/Latif Kassidi/Archivo
Una persona abre la carpeta de las redes sociales en su teléfono móvil. EFE/Latif Kassidi/Archivo

Mientras escribo estas líneas, veo de refilón en televisión La guerra de las galaxias. Mientras desfilan las conocidas imágenes en la pantalla, mi mente viaja a aquel tiempo. La película es de 1977, cuando España aún no tenía Constitución y yo no había terminado siquiera la EGB. Recuerdo que la vi de estreno con mi madre en uno de esos cines que ya no existen, después de mucho insistirle porque todas las niñas de mi clase ya la habían visto. La pobre la aguantó estoicamente porque la ciencia ficción no le gustaba nada, pero ni siquiera me lo dijo. Sonreía a ver que yo estaba tan contenta, y con eso le bastaba. Algo que una comprendí pasado el tiempo, cuando fui madre y tuve que hacer cosas parecidas por mis propias hijas.

El caso es que mi memoria se ha activado y se empeña en traer imágenes que van mucho más allá de la película, y me recuerdan aquellas cosas que entonces formaban parte de nuestra vida diaria y hoy han desparecido para siempre.

Me acuerdo, por supuesto, de las máquinas de escribir. Mi padre tenía dos en el despacho y yo tenía una portátil que me regalaron ese mismo año lo Reyes. ¿Quién nos iba a decir entonces que no tardaríamos demasiado en prescindir de ellas y sustituirlas por un aparato que se volvería imprescindible? Ni el mismísimo Julio Verne, de haber vivido entonces, hubiera anticipado la llegada de los ordenadores y la condena al olvido no solo de las máquinas de escribir sino del papel cebolla y el papel de calco que eran sus inseparables compañeros de camino.

Y, cómo no, el teléfono. No es que haya desaparecido, pero los pocos teléfonos fijos que subsisten en las casas nada tienen que ver con aquellos aparatos en los que se hacía rodar un círculo para marcar los números, con un ruido característico, ni con el cable anillado o el auricular unido a él. Hoy los teléfonos siguen existiendo, pero sobre todo en versión móvil, unida indefectiblemente a una persona en lugar de estarlo a un hogar familiar. Adiós al “dígame” y al “de parte de quién” que se escuchaba entonces en todos los hogares.

Y algo parecido sucede con las televisiones. Continúan, pero distan un mundo de aquellos aparatos de volumen enorme, que pesaban un quintal y se adornaban con una antena que había que tocar para ver las imágenes. Ni, por supuesto, con sus únicos dos canales, su horario reducido de emisión y el blanco y negro que poco a poco se iría sustituyendo por el color como el no va más de la tecnología.

Podría seguir hablando de tocadiscos, radiocasetes y mil cosas más, pero está bien por hoy. Otro día seguiré recordando.

         

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